JORGE SAVIA
El cartel estaba en la Olímpica. Feliz. Nostálgico. Irónico. Agraviante, casi: ¡Hijos de San Pablo!, decía, con el nombre Pablo -en clara alusión a Bengoechea- escrito con distinto trazo.
En ese sentido, la leyenda del "trapo" aurinegro, cobró vida a los 6`, cuando el "hijo predilecto" -futbolísticamente hablando- del petiso que se hizo tan grande para la historia de Peñarol que hasta un monumento le levantaron, ejecutó un foul sobre el borde derecho del área contraria con un toque -también de derecha- combado, que metió la pelota contra el primer palo del arco rival, con la misma cadenciosa clase con que lo hizo su "padre" un montón de veces, incluso en los clásicos.
Ese gol, fue la llave que abrió el trámite, por cómo llegaron ambos: Peñarol fresco, espiritualmente crecido, porque venía en "levantada", y Nacional cansado por el desgaste de jugar la Copa y la actividad de entrecasa, y "golpeado" anímicamente por la eliminación de la competencia sudamericana.
El cuadro de Pelusso pareció no salir de ese "shock" y, perdiendo 1-0, tenía que salir a "remarla". Ahí, entonces, cobró vida el otro sentido de aquella leyenda del cartel instalado en la Olímpica desde las primeras horas de la tarde.
Esto es, con un gran fútbol atacante; con la clase del "Pollo" Olivera para meter pases de gol y definir delante del arquero adversario; pero también con una notoria inteligencia estratégica, merced a la cual los aurinegros apuñalaron a Nacional lanzando a Bueno por la izquierda de su ataque, entre la espalda de Caballero y el flanco derecho de la zaga adversaria, arrastrando a Victorino y Barone para que Olivera y Estoyanoff entraran por detrás de ambos, Peñarol no liquidó el pleito en los 45` iniciales, sólo porque -como se preveía- en el juego aéreo defensivo fue tanta su ineficacia, que en todo el primer tiempo le llegaron dos centros y terminaron en goles rivales.
Es que, física y anímicamente, Nacional fue el 30% del que era hasta hace un mes; una prueba basta: "O.J." quitó la primera pelota neta, clara, a los 31` de la primera etapa. Y, no por falta de hombría, sino por esa impotencia -consecuente de no poder estar 100% metido "en cuerpo y alma" en el clásico- que llegó a su punto más alto en casos como los de Romero y Cardacio, fue rematado por Peñarol en la segunda etapa.
Ahí Nacional ya no tuvo fuerzas para ganar de arriba como en la primera parte y, entonces sí, Peñarol lo remató y se fue, gritando su triunfo, y haciéndole una guiñada al cartel de la Olímpica: "Muito obrigado, (gracias) Sao Paulo".