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Polémica novela de Jonathan Littell
La humanidad de los bárbaros

Mercedes Estramil

La pregunta implícita en Las Benévolas, novela del norteamericano Jonathan Littell, escrita en francés y best-seller europeo 2007 es ésta: ¿usted, lector, hubiera podido ser un verdugo nazi en la Alemania del Tercer Reich? La respuesta del narrador y protagonista de Littell es que sí, que cualquiera hubiera podido ser victimario en ese contexto. O que hubiera podido encajar cualquier alemán en alguno de los eslabones intermedios que el nazismo estableció, desde la cotidiana abstención de los que no querían saber nada al colaboracionismo grosero de los grandes industriales.

Pero la respuesta no es un sí caprichoso: parte de la base de que los verdugos del Tercer Reich no fueron monstruos sino funcionarios aplicados. El narrador de Las Benévolas se permite ver a Eichmann, por ejemplo, como un hombre "que habría sido tan feliz -y no menos eficiente- comprando y transportando caballos o camiones, si tal hubiera sido su tarea, como concentrando y evacuando a decenas de miles de seres humanos camino de la muerte". Suena mal, e impugnaciones como la de Claude Lanzmann, director del extenso documental Shoah, no se hacen esperar. El joven neoyorkino Littell (1967), aunque descienda de judíos polacos, no sufrió lo que narra, y ficcionalizar el llamado holocausto sigue siendo anatema desde que Adorno lanzara su metáfora sobre la barbaridad de escribir después de Auschwitz (o de cualquiera de los cientos de lager o campos de concentración del nazismo).

Sin embargo, el concepto de que los verdugos eran seres corrientes fue expresado por víctimas directas. El químico Primo Levi se hizo escritor tras sobrevivir a Auschwitz y escribió que los SS "estaban hechos de nuestra misma pasta, eran seres humanos medios, medianamente inteligentes, medianamente malvados: salvo excepciones no eran monstruos, tenían nuestro mismo rostro, pero habían sido mal educados. Eran, en su mayoría, gente gregaria y funcionarios vulgares y diligentes: algunos fanáticamente persuadidos por la palabra nazi, muchos indiferentes o temerosos del castigo, o deseosos de hacer carrera, o demasiado obedientes". (Los hundidos y los salvados, 1986).

El testimonio de Levi y la ficción de Littell están más cerca, aunque no sean lo mismo. Littell tampoco hace nada para ser confundido o aceptado fácilmente. Su primer golpe es darle la voz a un victimario, Maximilian Aue, el encargado de una fábrica de telares en Francia, casado y cercano a la jubilación, que recuerda su juventud como integrante de la SD (Servicio de Seguridad, rama de inteligencia y vigilancia de las SS), organismo desde el que vio y participó en la guerra y en el genocidio. A lo largo de casi mil páginas de escritura compacta, sin respiro, narra su paso por el interior profundo y sórdido del Tercer Reich, sin arrepentimiento, y sin orgullo. Es la encarnación de lo que mucho criminal nazi expresó o dejó entrever en Nüremberg: su convencimiento de haber sido víctimas por haber tenido que ver y hacer todo aquello.

INVEROSíMIL. La creación de ese personaje es uno de los escollos señalados al libro, como si Littell desmintiera con él la tesis de que los genocidas fueron "normales". Aue es un personaje matricida, incestuoso, homosexual y homofóbico, delirante y escatológico, pero es también doctor en Derecho, lector apasionado de Stendhal y Flaubert, amigo de Céline y Brasillach. Y es un escritor diligente y manipulador, con un cinismo controlado y sentimentalismo cero, que lo vuelven peligrosamente creíble. Otro neoyorkino, Daniel Mendelsohn (1960) que publicó en 2006 Los hundidos, extensa novela de investigación sobre parte de su familia desaparecida en la Polonia de 1944, critica a Littell la elección de un personaje propenso a "desviaciones sexuales" como representante de atrocidades cometidas por "hombres que siempre parecieron normales y que se comportaban como tales: tenían familia, iban a la iglesia, se consideraban personas comunes y corrientes". En el fondo, le está reclamando a Littell consignas de normalidad del tipo que exigía la Alemania nazi. Aue no está trazado con ánimo realista, pero funciona como símbolo y un poco como trampa.

Difícil no leer en su gemelaridad incestuosa un símbolo de la Alemania endogámica, xenófoba y narcisista desarrollada por el nazismo. Lectura similar en ese aspecto se obtiene del último Norman Mailer, en El castillo en el bosque (2007), una biografía ficticia sobre la niñez de Hitler, en la que se describe al futuro Führer como fruto de un incesto. Que el personaje de Littell perpetúe esa condición procreando gemelos (una o dos veces, según se interprete) es todo un indicio de continuidad para los postulados desesperanzadores de la novela.

Y es difícil no leer en el matricidio que comete Aue, ejecutado en medio del delirio, la ceguera homicida de la propia Alemania. El desapego de la acción criminal es el mismo: ambos llevan el horror a límites absolutos y lo niegan. Durante años el Holocausto se negaba, no sólo porque se destruía toda evidencia y se controlaba la información, sino porque no parecía creíble en términos humanos ni seguía siquiera la lógica utilitaria de una guerra.

LA CAÍDA. Entre la abundancia de textos escritos y fílmicos sobre el Tercer Reich y el Exterminio, la versión de Littell guarda similitudes de enfoque con el filme de Olivier Hirschbiegel, La caída (2004) basado en un libro del historiador Joachim Fest y en las memorias de una secretaria de Hitler, Traudl Junge. También ahí una devota funcionaria del régimen trazaba su versión de un Hitler humano al que ella misma, convencida, había obedecido y apoyado en su juventud. Hirschbiegel cortaba con un procedimiento distanciado la idea de que el Mal encarna en monstruos, pero aportaba -igual que Littell- esa noción de viaje surrealista que tuvo la maquinaria nazi, capaz de borrar los límites, trastocar prioridades y extender el exterminio a la totalidad del pueblo alemán si éste no era capaz de triunfar. En ese sentido, Aue sobrevive, y esa es la prueba del nueve de su supremacía.

Littell también registró el hundimiento del régimen, subrayando el clima de frivolidad y delirio de un gobierno que no veía la realidad. Sólo bajo ese signo es que se puede interpretar el gran guiñol del episodio en que Aue es condecorado por el Führer, se atreve a morderle la nariz y sale vivo del incidente. Pero sitúa la caída mucho antes.

Las Benévolas comienza con la larga y fatal campaña de Rusia y muestra en detalle las grietas en el edificio nazi que propiciaron su derrumbe. Como testigo involucrado Maximilian Aue traba contacto con diversos personajes históricos. Conversa con sus superiores Heinrich Himmler, Adolf Eichmann, Albert Speer, Otto Ohlendorf o Walter Bierkamp, plana mayor del Reich. Como observador, informante y detentor de secretos, más que ejecutor (la mayoría de los crímenes de Aue son motivados por ajustes de cuentas personales), la ubicación del personaje es privilegiada: no se mancha las manos pero ve cómo se las manchan otros. Incluso en su pertenencia a los mandos (de capitán a teniente coronel) incide más la casualidad o la conveniencia que el deseo. Es para zafar de una acusación de homosexualidad, primero, y de asesinato, después, que Aue se va adhiriendo al poder, ayudado por un viejo industrial conocido de su padre y por un amigo personal, Thomas Hauser, ejemplar de nazi perfecto que aventaja a Aue en todo pero cae víctima de un exceso de confianza en él.

No es el único de los excesos que esta novela marca como cruciales. A la hora de pasar revista a los errores del régimen, el narrador señala: 1) la excesiva preocupación por la limpieza racial, que determinó en último caso el desaprovechamiento o aprovechamiento tardío y mal planificado de mano de obra para la industria de armamentos; 2) el excesivo celo de los funcionarios por sus respectivas carreras, que llevó a enfrentamientos entre distintas centrales de poder, claramente las Waffen SS y la Wehrmacht; 3) la excesiva confianza en el triunfo, acompañada de la subestimación del enemigo. Con este pecado de hybris tiene que ver el título, inspirado a Littell por la tercera parte de La Orestíada de Esquilo. Las Erinias o Euménides (Bondadosas o benévolas; Furias para los romanos) aparecen definidas en diccionarios mitológicos como antiguas divinidades que vengan el crimen, en especial los crímenes contra la familia, y que castigan el pecado de hybris, enloqueciendo a sus víctimas. Aue no enloquece pero el cuerpo le pasa factura en forma de terribles pesadillas, vómitos, fiebre, diarrea. Y a través de la memoria.

EXTERMINIO. Las Benévolas está dedicada "Para los muertos", sin distinción, o abierta para que cada lector haga la suya. Mientras participa en la implementación progresiva, sistemática y eufemística de la "solución final" para el problema judío, Aue tiene buen cuidado de inscribirla en un arco mayor: la operación de limpieza incluyó enfermos mentales, gitanos, opositores políticos y en especial bolcheviques, gays y lesbianas, criminales comunes, y Testigos de Jehová de todas partes de Europa. Incluso para los alemanes que no favorecieran la propagación de la raza aria (solteros o matrimonios sin hijos) había medidas punitivas y si Aue escapa de ellas es gracias a los privilegios de sus cargos.

Sin embargo, no hay nada comparable en magnitud y obsesión con la campaña antijudía, justificada bajo la modalidad de guerra preventiva. Primero se promulgaron las Leyes de Nüremberg (setiembre de 1935). Referidas a la pureza de sangre, tenían injerencia en la vida pública y privada de todo aquel que en virtud de su origen pudiera ser considerado total o parcialmente judío. La prohibición de mezclarse judíos con alemanes incluía los papeles del matrimonio pero además cualquier tipo de unión sexual, bajo pena de prisión. En 1938, en uno de los pogromos más significativos llamado "noche de los cristales rotos" el gobierno organizó una revuelta contra los judíos, destruyendo hogares, sinagogas y comercios y matando indiscriminadamente. Tras esa muerte social y económica llegaron las deportaciones, el ingreso a campos de concentración y trabajos forzados, las ejecuciones en masa y la muerte en las cámaras a través del gas Zyklon B. Trasladados con engaños, exhortados a salir de sus casas con pertenencias de valor, los prisioneros eran despojados de todo, golpeados y humillados corporal y psicológicamente, algunos utilizados como mano de obra esclava para las industrias del Reich y el resto asesinados, saqueados los cadáveres para luego incinerarlos en fosas comunes o crematorios. Instancias que Littell va hilvanando con la costura racional de su protagonista, que nunca mira la cuestión judía con ensañamiento sino como un "error necesario" que hay que resolver de la manera más pragmática.

Lejos de ser un antisemita convencido ni un ario fundamentalista, Aue incluso busca respuestas científicas al racismo antes de elegir manejarlo como una "cuestión de fe". Es interesante la conversación que sostiene con un lingüista, Voss, cuyas investigaciones no consiguen darle una justificación teórica al problema. Los estudios de Voss multiplican las dudas sobre los orígenes y diferencias entre los pueblos y se pueden resumir en una de sus mejores frases: "todo el mundo tiene un origen; las más de las veces, soñado".

CULTURA Y BARBARIE. Las Benévolas está presentada como primera obra literaria de Littell, en una curiosa transacción publicitaria que el autor acordó con Gallimard. En realidad, se trata de su segunda novela. Reniega de la anterior, un ejercicio de ciencia ficción escrito a los veinte años y titulado Bad Voltage (1989).

Hijo del escritor Robert Littell, Jonathan vivió parte de su niñez y adolescencia en Estados Unidos y Francia, llegó a Sarajevo en 1993 casi como turista y terminó haciendo trabajo humanitario en una ONG, Acción contra el hambre. Estaba en Rusia en 1998 y se fue a Chechenia cuando recomenzó la guerra. En 2006 publicó "The Security Organs of the Russian Federation. A Brief History (1991-2005)", documento de investigación que se puede encontrar en Internet. Pero es con Las Benévolas que da el gran salto y se retira a descansar a la plácida Barcelona.

No es una novela fácil de leer, en principio por su dimensión y para muchos por situarse en la perspectiva del victimario, pero sobre todo por su torrencial y detallada reconstrucción. Su retrato de los frentes del Este y en particular de la derrota nazi en Stalingrado, no es ajeno a la ficción de primera mano de Vasili Grossman, un ucraniano de origen judío que en otra descomunal novela, Vida y Destino (terminada en 1959 y prohibida por el régimen de Nikita Kruschev) compara las barbaries del nazismo y el estalinismo. Eichmann en Jerusalén (1963), el informe de la alemana judía Hannah Arendt sobre Adolf Eichmann, condenado en Nüremberg y ahorcado en 1962, tras ser capturado en Argentina por los servicios secretos israelíes, también está presente en esa descripción de un burócrata vulgar que hace Littell, y en el modo como deja patente la floja confrontación que tuvo el régimen no sólo de parte de los alemanes y del resto del mundo sino de los consejos judíos que, engañados o no, colaboraron. Tema espinoso que abordó con insistencia el historiador Raul Hilberg en La destrucción de los judíos de Europa (1961, edición luego ampliada).

Así, con más paciencia de historiador que urgencia de novelista, Littell elaboró una prosa implacable, por momentos barroca, en otros descarnada y limpia. Satura la denominación germana de los rangos militares (apenas ayuda a entenderlos el glosario final de la edición), resultan extenuantes los diálogos sin espaciar, y el incesante flujo de personajes históricos que Aue introduce sin más. Con intención o no, su relato exige del lector un tour de force para sentir en carne propia un mínimo del tedio, el esfuerzo y la genial absurdidad de la historia. La estructura interna, en base a movimientos musicales a veces presentes en las suites barrocas, refuerza la idea -implícita en toda la obra- de que la civilización y la cultura no protegen de la barbarie; idea expuesta en su momento por Adorno.

Las Benévolas expone los grandes números, en una inmersión kafkiana y estadística, y muestra los aterradores detalles en un registro a veces delirante. Fragmentos clave están relatados a través de elipsis y digresiones alucinatorias: el crimen de la madre y el padrastro, el balazo que recibe Aue, la visita a casa de su hermana. Hay episodios rocambolescos como los que involucran a los dos policías de la Kripo que persiguen a Aue, o el de los niños hitlerianos que lo secuestran. Hay escenas dantescas: el bebé que extraen de su madre muerta para luego matarlo, el herido bebiendo la sangre que cae de su pierna amputada. Hay situaciones donde cierto clima sublime queda suspendido: el asesinato del joven músico judío que protegieron hasta que perdió una mano en un accidente, o la muerte del anciano que habla en griego y le da una lección de futuro a Aue.

En otras instancias prima el análisis teórico del conflicto: los postulados darwinianos de supervivencia del más fuerte y la eugenesia como política social; la interrogante sobre el valor científico del estudio de las razas; el establecimiento de paralelismos entre las ideologías aplicadas del nazismo y el comunismo; un Platón aplicado a la exégesis del homosexualismo; estudio de estrategias, como la táctica rusa de repliegue para cansar al enemigo; etc. Las Benévolas tiene eso, que tiene de todo, y aun así, sin lograr explicar una de las mayores tragedias colectivas del siglo XX, trae una vez más la reflexión amarga sobre ella, y deja meridianamente claro que sí, que puede repetirse.

LAS BENÉVOLAS, de Jonathan Littell. Editorial Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2007. Distribuye Pomaire. 991 págs.



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