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Quehaceres de escritor

Augusto Monterroso

Ser jurado

B. ACEPTA ser jurado en un concurso de cuentos. Durante días la observo leyéndolos un tanto preocupada, con dedicación minuciosa; toma notas, sopesa, mide, compara, antes de decidirse por determinada calificación; examina cada trabajo con la responsabilidad que supone (y supongo que supone bien) que debe poner en sus juicios. De pronto exclama algo, algo así como que no lo puede creer e interrumpe su trabajo. Y sí, ahí está y viene a mostrármelo: un cuento mío, con otro título, con los nombres de los personajes cambiados, y con la palabra tequila usada sagazmente en lugar de la palabra whisky. En cuanto a mí, viéndolo me pareció como realmente escrito por otro y, de no haber sido descalificado, es probable que de cualquier manera no hubiera ganado.

Hace años, igual que todo el mundo, yo también fui jurado, en un concurso estudiantil de cuento. En esa ocasión me empeñé en que se llevara el premio único un cuento que me entusiasmó desde el primer momento pero que a mis compañeros de terna dictaminadora no les decía mayor cosa, o porque no lo habían leído bien o porque esa mañana no estaban en el humor de discutir; así que lo logré.

Después de entregado el premio hice buscar al autor para conversar con él; era un muchacho inteligente, de apariencia simpática y palabra rápida; nos despedimos, no he vuelto a saber de él y he olvidado su nombre. Alrededor de un año después sentí una mezcla de satisfacción y vergüenza cuando al leer un libro de Mark Twain volví a encontrar el cuento premiado.

El otro día, en una ceremonia, escuché el trabajo sumamente brillante de un escritor muy joven. Recordé todo esto y me dejé llevar por el gusto de lo que el escritor decía, fuera suyo o de quien fuera.

El paso a la inmortalidad

EN LA "Fe de Errores" del diario madrileño El País veo que mis preocupaciones carecen de importancia ante lo que podría desvelar a otros autores. "El escritor catalán", señala hoy esta fe de erratas, "Jaume Fuster es el autor de la frase que asegura que el mar Mediterráneo `es una mierda`. Por un error se le atribuyó dicha frase al intelectual valenciano Joan Fuster en la primera página del suplemento Artes del pasado sábado". Lo demás es silencio.

Manatíes en México

ESTA TARDE, por pura casualidad, veo reunidos en casa a José Durand, Lizandro Chávez Alfaro, José Emilio Pacheco y Cristina Pacheco, su mujer.

Hacía cerca de dos años que no veía de cuerpo entero a Durand (1m 90, que él exagera poniéndose de puntillas e inflando el pecho, contra mi 1m 60). En 1955, en la Plaza Baquedano de Santiago de Chile, alguien nos tomó una fotografía, de pie uno al lado del otro, que yo hice publicar más tarde en México en el suplemento dominical de Novedades que dirigía Fernando Benítez, con una leyenda que decía: "Augusto Monterroso retratado al lado de un hombre de estatura normal".

"¿Cómo puede hacerte eso Benítez?", me preguntaban mis amigos, incapaces de creer que yo lo había fraguado. Desde entonces, y gracias a otras autodenigraciones parecidas, la mayoría de los críticos, cuando se ocupan de un libro mío, comienzan por señalar que soy un escritor bajito, lo cual, una vez aclarado, les permite elogiar mi libro, mi estilo, y hasta mis ideas, sin peligro de que la gente los tome en serio). ¿Fue en Berkeley, aquí, en Lima, en donde lo vi la última vez? Mientras tanto publicó la nueva versión de su admirable Ocaso de sirenas. Esplendor de manatíes, que le ha dado fama.

Durand se sorprende cuando Chávez Alfaro, a quien no conocía, le cuenta que en Bluefields, Nicaragua, de donde él es originario, los manatíes no son únicamente cosa de la historia y la leyenda sino seres familiares, tan familiares que uno se los come, y puede verlos, y confirmar que, como observaron los cronistas del siglo XV en adelante, en efecto los pechos de las hembras son similares a los de la mujer. "De mujer joven" , afirma Lizandro, con la esperanza de que esto aumente la credibilidad de su informe; y Durand, autoridad en el asunto, dice que sí, y añade una observación científica: "Como de sirena".

El escritor

NO HAY OTRA: tengo un sentimiento de inferioridad. El mundo me queda grande, el mundo de la literatura; y cuantos escriben hoy, o se han adelantado a escribir antes, son mejores escritores que yo, por malos que puedan parecer. Ven más, son más listos, perciben cosas que yo no alcanzo a detectar ni a mi alrededor ni en los libros.

Esto me hace envidioso: envidio que estén ahí, en el periódico de esta mañana, en la revista que hojeo, ocupando el lugar en que debería estar yo, en vivo o comentado. Después de todo, lo que dicen yo lo he pensado antes, lo dije hace mucho y hasta debería haberlo escrito. Y sin embargo, durante un instante, aunque se trate de esa basura, siento el impulso de imitarlos. Por fortuna, el tiempo pasa con su borrador y me olvido; pero los intervalos son demasiado breves y ya estoy leyendo a otro.

Si afirmo algo, o lo niego -¿quién me ha dado ese derecho?- la duda me persigue durante días, mientras me vuelvo a animar. En ese momento quisiera estar lejos, desaparecer.

Para ocultar esta inseguridad que a lo largo de mi vida ha sido tomada por modestia, caigo con frecuencia en la ironía, y lo que estaba a punto de ser una virtud se convierte en ese vicio mental, ese virus de la comunicación que los críticos alaban y han terminado por encontrar en cuanto digo o escribo.

Los elogios me dan miedo, y no puedo dejar de pensar que quien me elogia se engaña, no ha entendido, es ignorante, tonto, o simplemente cortés, resumen de todo eso; entonces me avergüenzo y como puedo cambio la conversación, pero dejo que el elogio resuene internamente, largamente en mis oídos, como una música.

El autor

AUGUSTO Monterroso (Tegucigalpa, 1921-México, 2003) es ya un clásico hispanoamericano de las formas breves. Publicó Obras completas (y otros cuentos), La oveja negra y demás fábulas, Movimiento perpetuo, Lo demás es silencio, La palabra mágica, La vaca. Los textos de esta página pertenecen a La letra e (1989).



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