Lluís Alabern
PRIMERO VIAJO a Pekín vía Francfort. Me acompaña el dolor de dejar atrás a los seres queridos, la incertidumbre de hacia dónde virará el barco en el que navego. Voy quemando etapas a todo gas. Mi mujer está cansada de mis continuos viajes. La certeza de estar internacionalizando mi trabajo no ayuda. He decidido tatuarme en la espalda el emblema del Nautilus: Mobilis in Mobili, que es, mal que me pese, el lema de mi vida. Echo de menos los ojos gitanos de M., el olorcito a colonia infantil de nuestro bebé, la frescura e inteligencia de mi hija mayor. Echo de menos los últimos susurros, las últimas caricias. En mi I-pod suenan Miles Davis & John Coltrane. Estoy condenado a las melancolías marinas. Cuando el marinero está en tierra anhela los horizontes; cuando por fin navega, le asaltan las nostalgias de lo que ha dejado atrás. "Por importante que la caída del Imperio romano pueda parecer retrospectivamente, en realidad fue sólo un episodio en el conflicto entre dos sistemas a la vez incompatibles y complementarios: el nomadismo y la agricultura sedentaria", decía Bruce Chatwin en un artículo publicado en History Today. En cierto modo me identifico con esta dicotomía que fuera tesis en la literatura del escritor-trotamundos.
PEKíN preolímpica. Tras arribar a China viajo entre Pekín y Shanghai en un convoy de camiones que transportan 52 obras maestras del Museo del Prado. La exposición organizada por el Seacex (Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior) pretende iluminar el año español en China. Cuatro camiones se reparten la nutrida representación de pintura que conforma la muestra. De Tiziano a Goya, pasando por El Greco, Ribera, Zurbarán, Velázquez, Murillo, Tintoretto, Rubens, Jordaens, Georges de La Tour, Mengs, Tiepolo, etc. Dos meses en el National Museum of China (Namoc) en Pekín, dos meses en el Shanghai Museum. Viajo entre las dos ciudades junto a una pequeña delegación de representantes del Museo del Prado y al jefe de la compañía de transportes china. Cada camión tiene dos conductores y un agente de seguridad. Nosotros seguimos al convoy en un furgón bastante incómodo. Ni que decir tiene que allí por donde pasamos somos la atracción de transeúntes, conductores y autostopistas.
A primera hora de la mañana, una vez cargados los camiones, hemos dejado atrás la Ciudad. Nadie sabe debidamente hacia dónde se dirige Pekín a pocos meses de la celebración de los Juegos Olímpicos. Barrios enteros están siendo defenestrados para ser sustituidos por complejos hoteleros, rascacielos, oficinas para las potentes corporaciones que aterrizan a toda máquina en la capital china. La urbe se estructura en una retícula inmensa cuyo centro es la Ciudad Prohibida y la tristemente célebre Plaza de Tiananmen. Bajo la dinastía Qing, después de que Gengis Kan subyugara y redujera la Ciudad a escombros, Pekín se reorganizó en un entramado de callejones y barriadas cercadas por muretes, con la prebenda de que ningún edificio podía tener mayor altura que los palacetes de la Ciudad Prohibida. Son los afamados Hutong, ahora engullidos por las excavadoras y la especulación preolímpica, una incauta mezcla de construcciones tradicionales en ladrillo tiznado y chabolas improvisadas con los más variopintos materiales.
No se lleve a engaño el viajero, Pekín no es el enmarañado conjunto de rascacielos, estadios olímpicos, autopistas y grandes avenidas comerciales que sus autoridades quieren mostrar al mundo. Pekín, hoy en día, todavía sigue siendo la suma de los ingenios con los que sus habitantes sortean las dificultades materiales de la cotidianidad. Una ciudad siempre despierta, en la que si uno tiene unos pocos metros cuadrados de local puede montar un negocio, que por las noches, tras extender unas colchonetas en el suelo, será dormitorio, y al mediodía improvisado comedor para familiares y amigos.
De hecho, con una bicicleta y un canasto ya es suficiente para montar un pequeño negocio. Se puede vender comida precocinada, pequeña artesanía, o recopilar chatarra, pedaleando por las calles del Hutong. Ni siquiera es necesaria la bicicleta. Un bolsillo donde alojar un reloj de imitación con el que intentar embaucar a algún turista bastará. Ni el bolsillo es imprescindible, con sólo las manos se puede organizar un negocio ambulante, pues siempre será posible improvisar un masaje en la calle. Los chinos de Pekín trabajan a toda hora. Compulsivamente. Como si parar les pudiera arrastrar a diatribas existenciales insuperables.
"Es nuestro único instrumento contra la corrupción institucionalizada; es nuestra única arma contra el pasado conformista", me cuenta un joven diseñador gráfico con el que trabo amistad. C. pertenece a una fresca generación de profesionales jóvenes que cree que con su trabajo, con su esfuerzo conseguirán cambiar el país. "El camino está labrado de dificultades. Las conexiones a Internet están vigiladas por las autoridades; las nuevas tecnologías quedan al alcance sólo de unas pocas manos", explica C. Pero el ingenio popular resuelve muchos de los entuertos cotidianos. En los Hutong se piratea la electricidad, el agua, el teléfono. De ahí el caótico entramado de cables y tuberías que asalta al transeúnte; de ahí el mutismo de los habitantes de los Hutong ante el visitante esporádico. Maderas raídas, suciedad, bricolages urgentes al servicio de la cotidianidad. Es difícil saber donde empieza el espacio privado y donde el público paseando por las callejuelas de un Hutong. Una mujer se lava el pelo en una palangana en medio de la calle. Se come en cuclillas a las puertas de la vivienda, pues hace demasiado calor dentro de las chabolas en los meses de verano. Un anciano martillea una plancha metálica frente a su taller ¿O se trata de su domicilio? Una forma de vida medieval que desaparece a pasos agigantados sin que un modelo alternativo la suplante, y que remarca las distancias sociales entre la minoría millonaria que cada vez se deja ver más por las calles de las grandes cosmópolis chinas, y la mayoría pobre que sortea las dificultades del día a día.
DE PEKíN A SHANGHAI. Partimos de Pekín al alba. El desplazamiento es largo. Me parece imposible envejecer como un bonsái. Crecer en un terreno acotado, retorcerse minuciosamente sobre la cotidianidad. Durante mucho tiempo pensé que así sería mi vida. Pero lo cierto es que me ha tocado navegar y no enraizar. Dos días de viaje a través de la larga carretera que une Pekín con Shanghai, dan para excavar en profundidad en este tipo de diatribas y para el buen entendimiento con los compañeros de trayecto. Los arrozales, las gasolineras a ambos lados de la autopista, los miembros militarizados del equipo de seguridad, las caras de perplejidad de los conductores que nos verán descansar en las áreas de servicio, esos serán los adagios sobre los que se obrará nuestro viaje a través de la altiplanicie inundada que une las dos ciudades.
A medida que nos alejamos de Pekín, el paisaje se vuelve más despoblado. Muy verde, pero apenas salpicado por aldeas construidas en otras épocas de la reciente historia política del país. Localidades improvisadas atropelladamente para estructurar la vida campesina en torno al arroz, al cultivo de cereales, a la canalización de las aguas y a la precaria ganadería de subsistencia.
Henry, el jefe del convoy, nos para sin previo aviso. Aunque estemos adormilados nos obliga a bajar en las áreas de descanso en las que su minucioso planning tiene previsto detenerse. Nos insta a orinar aunque no tengamos ganas, a comer lo que él pide para nosotros en las espeluznantes cantinas de carretera. Los lugareños nos miran sorprendidos; nos señalan con el dedo; farfullan incomprensibles conjuros. Almuerzo un revoltijo de arroz apelmazado y crestas de gallo. Bebo Coca-Cola, que lo ayuda a digerir todo. Orino en los infernales lavabos. En el primer descanso mi vejiga se ha negado a la micción. La escena vivida en el lavabo ha sido demasiado dantesca. La escasa luz del enorme lavabo no me ha privado de la visión de un hombre en cuclillas leyendo el periódico mientras vaciaba su vientre sobre un agujero en el suelo. Sin puertas ni tapujos, que en eso de la intimidad y la higiene los chinos son muy suyos. En la segunda parada, cuatro hombres en cuclillas hacían lo propio, pero teniendo en cuenta que mi vejiga ha tenido que soportar seis horas de viaje sin evacuarse, ni los hedores ni la nueva escena coartan en absoluto la expulsión de fluidos.
Esta especie de autovía que une Pekín con Shanghai, parece trazada por un ingeniero de la época de la Ilustración. Una enorme recta aburridísima, con dos sentidos de circulación, con dos carriles en cada sentido y con media docena de áreas de servicio. Pero los conductores chinos optan por alegrar el trazado circulando a altas velocidades, disponiendo los vehículos en tres o cuatro líneas de conducción paralela, conduciendo en zig zag siempre que se quiere adelantar, y cargando los camiones hasta cotas imposibles de sobrellevar. Una hora y media de interrupción total en medio de la autopista, a pocos kilómetros de Shanghai, confirma nuestras sospechas de peligro. Dos camiones han chocado en un adelantamiento imprudente que ha acabado por desparramar sus cargas por la calzada. Un informe reciente de la OMS recuerda que en China mueren 600 personas al día por accidentes de tránsito. En esta ocasión los conductores han salido ilesos, no así los fardos que espachurrados bloquean varios cientos de metros de carretera. Durante esa larga hora de caravana, los conductores de camiones y vehículos ligeros (casi todo el tráfico rodado en esta autovía lo componen camiones saturados en sus cargas) bajan de sus autos y se enzarzan en distendidas charlas. Se arma un poco de corrillo alrededor de nuestro aparatoso convoy militarizado. Los miembros del cuerpo de seguridad bajan de los camiones y ponen cara de pocos amigos, lo que mantiene alejados a los curiosos. Sus uniformes negros de asalto o de comando en operaciones especiales, acongojarían al más osado de los asaltantes. En el I-pod suena "Radioactivity" de los Kraftwerk.
EL DRAGÓN DE SHANGHAI. Nos adentramos por fin, en la vasta urbe que es Shanghai. El último tramo del viaje ha durado 18 horas, tiempo más que suficiente para que los tripulantes del furgón nos hayamos hermanado de por vida.
Nada más entrar en la metrópoli, nuestro guía narra una bella historia que anuncia en gran medida la idiosincrasia de los habitantes de Shanghai. Al circular por una encrucijada de travesías elevadas sustentadas por una gran columna metálica en forma de dragón, Henry nos cuenta. Durante la construcción de la confluencia de escalextrics, los ingenieros se toparon con una gran piedra que no había forma de horadar. Se avisó a ingenieros alemanes, daneses, belgas, para intentar dinamitarla. Pero todo intento de volar la pétrea resistencia del terreno fue en vano. Un viejo indigente que vivía en la zona se ofreció a solucionar el problema. Explicó a los jefes de obra y a los ingenieros, que aquella roca había sido la cueva donde había encontrado refugio un dragón desde hacía miles de años. Sólo calculando con exactitud el día en que el dragón aceptaría salir de su escondrijo se podría perforar el terreno. Los técnicos accedieron a dejar que el anciano indigente realizara sus hechicerías y calculara el día de la detonación. Ante la sorpresa general, tal día a la hora convenida, los ingenieros pudieron derrotar a la piedra. En honor al dragón que les había cedido su cueva, erigieron en aquel preciso lugar una columna sobre la que labraron al dragón alzándose hacia los cielos.
El bonito cuento explica a la perfección la convivencia en el espectro cotidiano chino de varios niveles de comprensión de la realidad. Junto a los avances técnicos y la creencia pragmática, anida un substrato supersticioso y mágico ¿Por qué sino el día elegido para la inauguración de las Olimpíadas es el 8 del 8 del 2008?
Los días en Shanghai pasan deprisa. El montaje de los cuadros que integran la exposición del Prado, es sencillo. El equipo técnico del Shanghai Museum aligera las gestiones que supone un montaje de esta envergadura. Eso me da tiempo para conocer bastante de los aspectos que una ciudad como esta ofrece al neófito.
En Shanghai todo es anónimo, todo es insolente. La calle acepta casi al instante cualquier cambio por frenético y precipitado que sea. La comunidad internacional vive al margen de las dificultades de las clases populares, disfrutando de su privilegiada situación económica, del jolgorio de esta ciudad que bulle. Shanghai es un buen sitio para reinventarse a uno mismo. Conozco durante las noches de Shanghai a una docena de europeos que huyen de las trazas de una vida pautada por los senderos trillados. Joaquín, Jon, Sara, Valentina, Giacomo,…. europeos desarraigados, sedientos de rumbo, viviendo al instante, a los que esta Ciudad acoge en su seno. Como la Puta de Oriente que es; así se la conoce. Como el París del este, ciudad de aventureros y camorristas, de jugadores y traficantes, de magnates corruptos, gánsters, tramas oscuras y negocios turbios. Pero también como, junto a Hong Kong, la más cosmopolita y contradictoria de las urbes chinas. Núcleo de contrastes irreconciliables entre tradición, superstición y modernidad.
LA SEDA DE SUZHOU. Me permito un viaje a la cercana población de Suzhou. Una manera de ojear la historia clásica china, de alejarme de las tentaciones cosmopolitas de Shanghai, y de apreciar algunos de los famosos jardines que anegan esta Villa de más de 2500 años de antigüedad. Hacia el siglo XIV Suzhou se alzó como principal productor de seda de China, lo que atrajo a aristócratas, hedonistas, gremios de artesanos, renombrados eruditos y pintores que encumbraron jardines y villas a la categoría de arte. Más de un centenar de jardines se contaban en el momento álgido del desarrollo de Suzhou hacia finales del siglo XVI. Nunca olvidaré el lago cubierto de nenúfares en el poéticamente llamado "Jardín de los administradores humildes", plagado también de estanques, arroyos, musgos, rocas, islas de bambú. Como tampoco olvidaré el paseo en barcaza por uno de los afluentes del Yangzijiang, donde pude ver los usos y maneras de la vida tradicional y me sentí en ascenso fluvial hacia el corazón de mis tinieblas, allí donde uno deja que sea el río el que marque el devenir de los acontecimientos.
En Shanghai quedan algunos vestigios de épocas pretéritas, como el Bund, barrio cercano al malecón que doma la línea costera, surgido en los años 20 cuando la ciudad empezó a hundirse por el agua drenada. Los edificios del Bund fueron un símbolo del poder occidental sobre China en aquellos primeros años, un ejercicio arquitectónico colonizador. Algunos de los locales de moda se encuentran en esta zona como el "M on the Bund", o el "Ática", donde la gente más cool de la colonia europea se deja ver en las noches señaladas. Otro de los barrios de corte occidental llenos de gracia decadente es el conocido como la Concesión francesa. En la actualidad el barrio está reconvirtiéndose en una amalgama de tiendecillas de artesanía, restaurantes con encanto y estudios de diseño.
La vida nocturna en Shanghai es muy agitada, pero en cuanto puedo huyo de los locales frecuentados por occidentales e intento descubrir ambientes genuinos. Shanghai no duerme. Es posible comer, bailar, buscar masaje o placeres impúdicos a cualquier hora del día o de la noche. Visito el Baby Face, discoteca con parroquianos autóctonos que bailan al ritmo frenético del tecno más agresivo. Es imposible hablar (casi nadie habla inglés por otra parte), y el ambiente es denso. Como mi aspecto algo rudo debe desentonar entre tanta tez pálida, camarillas de chinos no dejan de invitarme a libar alcoholes. Negarse a beber habría sido considerado un desprecio en un entorno en el que todo el mundo parece pertenecer a alguna mafia local. Son reiteradas las ocasiones en las que se me ofrece comercio sexual. No así sustancias tóxicas, curiosamente. Al salir de la discoteca, levemente dislocado por la ingesta de alcohol, una madre me planta a su bebé albino para que les dé limosna. Reprendo a la madre diciéndole que a aquellas horas el niño debería dormir bajo techo en vez de estar en la calle. Supongo que la buena mujer no entiende ni papa de lo que le digo. Opto por esconder la cabeza en la cordura comprada que me confiere el ser europeo, y desaparezco de la escena.
Las últimas horas en Shanghai pasan entre plácidas conversaciones con algunos de los importantes amigos que he hecho en este viaje. Hago las maletas, repaso mis notas, las fotografías digitales, los bocetos a lápiz. Anhelo las próximas caricias, el encuentro con mis brujitas amadas. Adiós Shanghai, hasta el próximo punto de inflexión. "Al final de los días la ataraxia", me digo. Pero por el camino, aceptar las texturas, todas las vicisitudes, los tropiezos y aciertos. Hacerlo, además, con serenidad y hedonismo. Como buen marino, jugar la vida al póquer descubierto. Asumir los riesgos, las derrotas y la savia de los días con determinación. Como dice Mauricio Wiesenthal: "Quizás el viaje es también una forma de desorden, que es el estado más perfecto para crear (…) La vida es lucha continua entre el orden y el desorden, un viaje de ida y vuelta, hasta que nos sorprende la muerte: esa hora final en que no podemos superar el caos con la creación".