Mercedes Estramil
LAS DOS GRANDES poetas rusas del siglo XX apenas se vieron dos veces, aunque se tuvieron mutua admiración y una pizca de envidia. Marina Tsvetáieva bautizó a Anna Ajmátova como "Anna de todas las Rusias". La vida de ninguna fue fácil, pero con todo, Ajmátova mostró una capacidad de supervivencia superior a la de muchos de esa generación marcada por la Primera Guerra Mundial, la caída del zarismo, la Segunda Guerra, y los totalitarismos bolcheviques y nazis.
Serguéi Esenin (n. 1895) se suicidaba en 1925, sin esperar los años duros de la Revolución. Vladimir Maiakovski (n. 1893), el futurista del proletariado y poeta oficial del régimen, se suicida en 1930. El judío polaco Ósip Mandelstam (n. 1891), amigo de Ajmátova, murió en un campo de trabajo forzado en 1938. Tsvetáieva (n. 1892) terminó su vida ahorcándose en 1941, desolada por el ostracismo que sufría en su propia patria, por el encarcelamiento de una hija en un campo estalinista y por el asesinato de su esposo. La vida de Anna también transcurre entre miserias económicas, familiares detenidos, una salud frágil y un corazón con demasiada pasión. De todo eso da cuenta esta biografía firmada por Elaine Feinstein, con mucho de fisgoneo sentimental, con bastante de paseo histórico, y con algo de inmersión en la poesía de Ajmátova.
AMORES MUY COMPLICADOS. Anna Andréievna Gorenko nace un 23 de junio, la Noche de San Juan de 1889, en las cercanías de Odessa. Su padre era un ingeniero naval casado con su madre en segundas nupcias, degradado de su cargo a raíz de su amistad con un teniente revolucionario. Tras ese incidente la familia se retira a la ciudad de Tsárkoie Seló, lugar de veraneo de la familia imperial. Anna no tendrá contacto con los Romanov, aunque tenga porte de reina: una delgadez que subyugó a Modigliani, una nariz imperfecta que llevaba con altivez, y modales orgullosos que podían confundirse con arrogancia. Cuando su familia comenzó a avergonzarse de que fuera poeta, Anna dejó de utilizar el apellido paterno y se autobautizó con el de una antepasada paterna que fue princesa tártara: Ajmátova. Pronto comenzó a moverse en los círculos del movimiento acmeísta liderado por Ósip Mandelstam y Nikolái Gumiliov. Contrastando a un simbolismo en decadencia y a un futurismo naciente, los acmeístas proponían una poesía clara, directa, que hablara de experiencias humanas individuales, de sentimientos y de realidades.
En 1910, tras mucho insistir, Gumiliov logró casarse con Ajmátova y embarcarla en un primer y frustrante matrimonio, surcado de infidelidades y separaciones. De esa unión nació el único hijo de Anna, Lev, que sería cuidado por la abuela paterna. El rol de madre no era el adecuado para Ajmátova y fue puesto a prueba en varias circunstancias, sobre todo cuando Lev, ya adulto, ingresó en prisiones y campos de trabajo.
En 1914 su matrimonio hace crisis y Anna afianza su estatura de poeta y su predilección por amantes casados. Apenas divorciada de Gumiliov en 1919 se casa con el especialista en lenguas antiguas Vladímir Shileiko. Segundo matrimonio frustrante, con un hombre posesivo que no la valoraba como poeta. Ambos sufrían tuberculosis y eran los años primeros de la Revolución Bolchevique y el fin de la Primera Guerra; las privaciones y el hambre estaban a la orden del día. Las malas noticias también. En 1921 su ex esposo es arrestado e interrogado por la Checa (policía secreta, antecesora del KGB), acusado de ser enemigo del pueblo y fusilado. A partir de ahí la poesía de Ajmátova entra en recesión a los ojos del gobierno y de sus voces oficiales; Maiakovski le baja el dedo sin piedad y sin criterio. La muerte de Lenin en 1924 y el ascenso de Stalin confirman para el país la continuidad de un viraje al terror. Para Anna, constante en sus errores, comienza otra relación tormentosa, ahora con el historiador de arte Nikolái Punin, casado y con varias amantes paralelas. Durante años Anna vivió con él y con su esposa e hija en el barrio Fontanka, en una casa que hoy es sede del Museo Ajmátova.
En cada uno de sus amores, la productividad de Ajmátova se resentía, para resurgir con más fuerza tras los abandonos. Para cuando se aleja de Punin y recupera su ritmo, el país está sumido en el régimen estalinista y Anna se verá directamente afectada. Su siguiente amor será un médico casado, Vladímir Garshin, que cuando enviuda se casa con otra.
LA GRAN PURGA. En la década del treinta se intensificó en la Unión Soviética la vigilancia policial sobre las personas, las delaciones, los arrestos, las torturas, las deportaciones a campos y los fusilamientos sumarios. En esa "gran purga" cayeron sospechosos de conspiración, campesinos ricos, simpatizantes zaristas, etnias minoritarias, integrantes del Partido que sabían demasiado o representaban un peligro a ojos de Stalin, y en general cualquiera cuya devoción al régimen fuera pasible de una duda, razonable o no. Escritores incluidos. Una estrategia usual consistía en memorizar las creaciones o decirlas entre amigos, sin dejar evidencias escritas. Ajmátova no tenía espacios para publicar ni reconocimientos oficiales más que como una poeta pre-revolucionaria y autoreferencial. Por tanto, memorizaba sus creaciones y las quemaba.
Había publicado de joven una poesía de corte lírico, sencilla y apasionada, donde el amor era tema absorbente (La tarde, 1912; El rosario, 1914), pero de a poco ingresaría el segundo de sus ejes temáticos, Rusia y sus problemas: guerras, bloqueos, hambre y terror. Rebaño blanco (1917) y un pequeño libro, Llantén (1921) que será incluido en el siguiente, Anno Domini MCMXXI (1922), ya contemplan esta realidad, y aunque Ajmátova nunca alcance las cuotas de furia de Mandelstam, su visualización del desencanto está presente incluso en la serenidad clásica de sus versos. El fusilamiento de Gumiliov, el encarcelamiento de su hijo y de Punin, las colas interminables para encontrar comida y llevársela, las enfermedades y el ninguneo que soporta como mujer y como escritora, intensifican su enfoque. Por eso libros como Réquiem, que comienza a finales de los `30, o Poema sin héroe, escrito entre 1940 y 1945, no salen a luz. Estaba demasiado presente la razón por la que había sido arrestado Mandelstam en 1934: alguien lo delató por escribir el poema "El lobo", satirizando a Stalin. En 1935 Punin había sido encerrado y se afirmaba que fue por hacer una broma casera que también involucraba a Stalin. El arresto de Lev, de 1938, se produjo luego de una réplica hacia un profesor que se burló de su padre.
El libro de Feinstein da cuenta en detalle de la vida ambulante que llevó Ajmátova, en casas que no eran propias, con amigos o entre familias ajenas que solían verla como "la otra". Vivió sin soportes físicos de estabilidad, ni económica ni emocional. Y más allá de hipocondrías o somatizaciones, sufrió tuberculosis, tifus, escarlatina, neumonías e infartos. La relación con Lev nunca fue del todo positiva; ni ella estuvo en la infancia de su hijo ni lo fue a ver en sus encierros (para no perjudicarlo, se excusaba) ni él la acompañó en su vejez. Lo hicieron sus amigas incondicionales, la hija y la nieta de su ex amante Punin y algunos poetas jóvenes que la admiraban.
Al morir Stalin en 1953 y llegar el "deshielo" con Kruschev, todavía hubo escritores condenados a trabajos forzados. Joseph Brodski, amigo de Anna, fue uno. A ella le esperaba una vejez más calma. En 1961 va a vivir a una "dacha" que la Fundación literaria le concede en Komarovo. En 1964 la dejan salir del país para recibir el premio de poesía Etna-Taormina y en 1965 viaja a Oxford donde la universidad le otorga el doctorado honoris causa. Ajmátova bromeaba diciendo que si no había escapado en tiempos peores no se iba a exiliar ahora. Su sepelio, luego de morir el 5 de marzo de 1966 por complicaciones cardíacas, será un asunto casi nacional. Final irónico para una gran poeta cuyo destino en cada aventura de la vida fue el de quedarse sola, pero jamás se rindió.
ANNA AJMÁTOVA, de Elaine Feinstein. Editorial Circe, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 429 págs.
David Levine