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Novelas y ensayo

Novela

SOLO EN EL MUNDO, de Hisham Matar. Salamandra, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 253 págs.

EN 1969 UN MOVIMIENTO de militares nacionalistas liderados por un joven coronel derrocó al rey Idris de Libia. El gobierno de la extensa y reseca nación africana quedó en manos de Muamar Gaddafi, quien intentó implantar el socialismo y el panafricanismo inspirado en Nasser, pero terminó instaurando un supremo culto a la personalidad y un régimen de terror. Treinta y nueve años después, Gaddafi aún se mantiene en el poder. En Trípoli, capital del país, Solimán, un niño de nueve años, es testigo en los comienzos de la revolución de una doble represión: la que se da al interior de su casa y la que ocurre a diario en calles y plazas de la ciudad.

De la primera se entera por labios de su madre, una mujer joven, nueve años menor que su marido, con quien fue obligada a casarse. De la segunda, por la televisión, por los rumores en la escuela y en su vecindario, por la persecución que el gobierno acomete primero contra el padre de uno de sus amigos y luego contra su propio padre, hombre proclive al establecimiento de la democracia, decidido opositor a los golpistas, quien además integra un grupo de militantes clandestinos que finalmente es desarticulado por el régimen.

Solimán se mueve entre la lealtad y la traición, y siempre en un doble sentido: los relatos privados de su madre lo conmueven pero ama con abnegación a su padre; se aterra ante lo que acontece en su inmediato exterior pero termina ofreciendo datos a burdos integrantes de la policía política, encargados de la vigilancia de su casa y de otros hogares conocidos. Algo hay en la novela que no llega a construirse con solidez: la voz del narrador no resulta del todo convincente para un niño pequeño; la intimidad que su madre comparte parece demasiado abierta para un país con férreas tradiciones religiosas y donde el lenguaje cotidiano está plagado de oraciones y plegarias; la figura de Gaddafi, que interviene en la vida privada de todo el mundo, no es resuelta con la intensidad que ese discurso testimonial supone necesaria.

El niño finalmente es enviado a estudiar a Egipto, donde se convierte en un hombre joven que se pretende espectador desarraigado de su país. Quizás el reencuentro con su madre tras más de una década de distancia sea uno de los mejores momentos del libro, ópera prima de un escritor que nació en Nueva York en 1970 de padres libios pero que vive en Inglaterra desde 1986. El lector queda con la sospecha de estar ante una novela cargada de buenas intenciones, con páginas de buena escritura y con otras que son la voluntariosa construcción de un testigo equívoco.

H.F.

Novela II

FUGA SIN FIN, de Joseph Roth. Ediciones de la Banda Oriental. 199 págs. Montevideo, 2008.

EN EL AÑO 1926 el diario Frankfurter Zeitung envió a su periodista Joseph Roth (1894-1939) a la Unión Soviética para que observase ese país novedoso y relatase su experiencia. El recorrido tuvo dos consecuencias distintas: las notas para el diario, hoy reunidas en el libro Viaje a Rusia, y la novela breve y notable Fuga sin fin, que se publicó al año siguiente.

"Es una suerte que haya emprendido este viaje, de otra forma no me habría conocido jamás" dijo Roth. La novela revela cierta incomodidad con el régimen soviético, que puede haber sacudido la ilusión comunista de Roth. El viaje volvió a servirle de excusa para desatar una obsesión que nunca abandonaría: su conflicto de identidad, su desarraigo inconsolable.

Dos motivos se han esgrimido para explicar esta recurrencia: uno psicológico, el abandono del padre, que produjo en Roth una búsqueda alucinada; otro político o geográfico: la disolución, en 1918, del imperio Austrohúngaro en el que había nacido. Los dos conflictos se anudan en una especie de delirio que ninguna reseña biográfica deja de citar: Roth sostuvo parte de su vida que era hijo del emperador Francisco José, cuya muerte en 1916 anticipó la de su imperio.

La lectura de Fuga sin fin pone en tela de juicio esa iluminación que Roth dice haber tenido en el viaje a la URSS. Su protagonista Franz Tunda es otro de sus muchos personajes desubicados en el mundo: no solo no puede habitar un lugar sino que no puede habitar un nombre. Prisionero de los rusos en 1916, Tunda escapa con la ayuda de un ruso de origen polaco y adopta su apellido. Desde entonces tiene doble documentación y también doble, o ninguna, personalidad.

Tunda parece sacudido y arrastrado por los hechos, que le suceden no sin su voluntad aunque sí sin pasión. Algo que lo excede parece guiarlo en esa búsqueda que culmina en París, la capital del mundo, sin profesión, ni amor, ni alegría, ni esperanza, ni ambición, ni egoísmo siquiera. Como si no fuera suficiente, la novela termina con esta frase: "Nadie en el mundo era tan superfluo como él". Esa "fuga sin fin" o, peor, con ese fin, adivina la suya y pone en escena esa frágil y necesaria "noción de Europa" (discutida en la novela) que seguirían buscando escritores como John Berger o W.G. Sebald. La novela corre con una velocidad de vértigo, gracias al uso desprejuiciado de recursos que Roth justifica en un breve prólogo. Ésa es, dice, la historia de su amigo Tunda; sigue, pues, sus notas sin inventar ni "poetizar" nada. Eso le permite avanzar sin pausas en los acontecimientos, al tiempo que sobrevolarlos con una ironía finísima, marca indeleble de este escritor.

O. B.

Ensayo

LAS ARQUITECTURAS DEL DESEO, de José Antonio Marina. Barcelona. Anagrama. 2007. Distribuye Gussi. 192 págs.

JOSÉ ANTONIO Marina, español, formado en filosofía por la Complutense de Madrid, pretende en esta obra pronunciarse sobre un asunto tan humano como el deseo. Parte de la filosofía, pero en la cancha, como herramienta viva. Enseña con amable erudición siguiendo un plan ambicioso y sugestivo. En el primer capítulo, "Cambiando de caballo en mitad de la carrera", el propósito de la sociedad actual es "estudiar la aceptación pública del deseo, el desmoronamiento de todas las defensas construidas durante siglos para protegerse de su violencia, la desaparición del miedo social al placer, la liberación de toda suerte de represiones, la triunfante utopía de las mil pequeñas gulas suscitadas y satisfechas."

Definido el escenario, los siete capítulos restantes consolidan una teoría del deseo y de sus arquitecturas fatales. Establece Marina que la pulsión del deseo es común a todo ser vivo. No obstante el hombre encuentra en la realización de una pulsión como en su retraso, una nueva pulsión deseosa. Para el autor el retraso aviva en el hombre el deseo mientras que la necesidad puede imponerle otra conducta.

Con el fin de distinguir lo humano y lo animal, Marina reelabora una teoría tripartita de la personalidad. Por un lado la "personalidad recibida", con su carga biológica y genética; la "personalidad aprendida", o sea el carácter como conjunto de hábitos afectivos; y la "personalidad elegida", como respuesta humana relativamente condicionada por las dos premisas anteriores.

Según el autor hay tres tipos de deseos. Los dos primeros y básicos son "el deseo de bienestar personal", que consiste en disfrutar de manera irrefrenable, evitando toda suerte de dolor, angustia o frustración. Junto a éste cohabita "el deseo de relacionarse socialmente, formar parte de un grupo y ser aceptado", que implica el gregarismo necesario para sobrevivir. El tercero y último, el deseo humano por excelencia, es "el deseo de ampliar las posibilidades de acción."

Marina agrega: "¿de dónde proviene esa hybris, esa soberbia, esa ansiedad inextinguible? De que la inteligencia humana, estando anclada en lo infinito, es capaz de pensar la infinitud. Eso nos condena a la frustración o a la esperanza."

Tamaña apuesta por la esperanza en la necesidad de ampliar las miras humanas utilizando la razón y la sensibilidad, multiplica el interés de esta propuesta filosófica sobre un mundo diferente.

A.O.



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