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Antología de Katherine Mansfield (1888-1923)
Maestra del cuento

ROSARIO PEYROU

A 120 AÑOS de su nacimiento y 85 de su muerte el interés por la obra de Katherine Mansfield no ha hecho más que crecer. Es uno de esos tantos casos de injusticia literaria: esta neozelandesa nacida en Wellington en 1888 apenas fue reconocida en vida por sus pares y a su muerte solo había publicado tres libros en pequeñas tiradas y algunos cuentos en revistas. El resto de su obra, conocida en forma póstuma, terminó de afianzar su prestigio, a lo que en primera instancia ayudaron los materiales biográficos publicados por su marido, el crítico John Middleton Murry. Se sabe, sin embargo, por el trabajo de investigadores como Anthony Alpers y Jeffrey Meyers, que algunos materiales fueron manipulados. La versión de Murry no dejó de ser una versión interesada (sobre todo en salvaguardar la propia imagen, tarea ímproba, porque fue un marido omiso y egoísta).

Lo cierto es que Kathleen Beauchamp (ése era su verdadero nombre) tuvo una vida corta y difícil: emigró muy joven a Londres donde participó de la vida bohemia en una actitud de rebelión contra la moral puritana en la que se había educado. Con una sexualidad ambivalente en su adolescencia (tuvo algún enamoramiento con compañeras de estudios), se casó temprano y mal con un cantante lírico llamado George Bowden y lo abandonó al día siguiente de la boda. Estuvo embarazada de otro hombre y perdió al bebé. Su familia -una familia rica y tradicional- la rechazó por eso. Su madre la borró de un plumazo del testamento y la asignación que le hacía llegar su padre sólo le alcanzaría desde entonces para vivir con estrecheces.

Pero Katherine tenía veintiún años en 1909, estaba imbuída del espíritu liberal de esa época de crisis del puritanismo victoriano, y tenía una ciega confianza en su futuro como escritora. En un viaje a París conoció a un traductor polaco, Floryan Sobieniowsky, quien la marcaría en un doble sentido: le dio a leer por primera vez a Chéjov -el autor que más iba a influir en su sensibilidad y en el hallazgo de su propia voz- pero también le legó un presente envenenado que comprometería su salud para siempre. Hasta 1930, cuando aparecieron las sulfamidas, la gonorrea no podía curarse fácilmente, y solía ser, por sus características infamantes, diagnosticada muy tarde, especialmente en el caso de las mujeres. Katherine sufrió una operación quirúrgica y una artritis crónica a consecuencia de eso, quedó estéril y vulnerable a toda clase de enfermedades, y se sintió como "una mujer sucia", según le confesó a su amigo D.H. Lawrence, años más tarde.

En 1911, cuando ya había publicado En una pensión alemana, conoció a Middleton Murry, editor de la revista literaria Rythm, a quien amó con despareja suerte. Aunque era un crítico estimable (tiene agudos trabajos sobre Shakespeare y Dostoievsky) Murry era también malcriado y vanidoso y más bien trató de mantenerla a distancia cuando se enfermó de tuberculosis. Después de su muerte -y en vistas del prestigio creciente de la obra de Katherine en el ambiente intelectual- jugó el papel de marido abnegado, hizo una especie de culto a su memoria, y hasta se casó con una mujer que se le parecía físicamente. Se llamaba Violet le Maistre, era una escritora mediocre y participó de esa relación enfermiza, al punto de que, cuando ella también se enfermó de tuberculosis, dijo que se alegraba porque así su marido la amaría como a Katherine.

UN VUELCO. Pero en 1915 Katherine no contaba demasiado con Murry y estaba la mayor parte del tiempo sola, o acompañada por su fiel amiga de la infancia Ida Baker (la L.M. de su Diario, con quien tuvo una relación de amor/odio). Fue en ese momento cuando se produjo un hecho que cambiaría su vida y su obra: Leslie, su hermano menor, recién llegado a Londres desde Nueva Zelanda, muere en la guerra. Horrorizada, Katherine se enfurece contra esa Europa responsable de la masacre bélica, y se vuelve hacia la infancia neozelandesa que había compartido con su hermano. Según consigna en su diario ese shock le descubre un programa ético y estético riguroso: ser absolutamente sincera, desembarazarse de la cáscara "intelectual" que hasta entonces, - según creía- le había impedido encontrarse a sí misma y volver a la naturaleza. "Quisiera escribir sobre mi país, hasta que haya agotado cuanto sé, no solamente porque así pagaré una deuda a la patria en que hemos nacido mi hermano y yo, sino también porque en mis pensamientos recorro con él todos los antiguos parajes. ¡Ah! quiero que mi patria desconocida salte a los ojos del viejo mundo. Y que todo resulte misterioso, flotante". De ese propósito nacen Preludio, La fiesta en el jardín y En la Bahía, las tres nouvelles en que recorre escenarios de su infancia, y lleva a un punto culminante su capacidad para indagar en las relaciones familiares y cotidianas, donde, según piensa, se manifiesta la vida verdadera. Su arte tiene algo en común con el de Virginia Woolf, por la penetración de su mirada y la delicadeza con que atrapa situaciones y estados emocionales inasibles. "Es la única escritora de la que he sentido envidia", escribió Virginia Woolf a la muerte de K.M., en una carta a Violeta Sackville West. Para Jeffrey Meyers, biógrafo de Katherine, la diferencia fundamental entre una y otra, deriva del contraste entre el inmaduro y egoísta Murry y el devoto Leonard Woolf, quien con su respaldo ayudó a la frágil Virginia a llegar a la madurez. Enferma de tuberculosis, obligada a vivir en Suiza, Francia o Italia, siempre lejos de Murry, Katherine murió el 9 de enero de 1923, a los 34 años. Había pasado las últimas semanas de su vida en Fontainebleau, en la comunidad de Gurdjieff, una especie de gurú que prometía paz espiritual.

UNA SELECCIÓN. Un viaje imprudente, con solvente traducción y ajustado prólogo de Delia Pasini, selecciona cuentos de todos sus libros y los ordena de manera cronológica. Aun echando de menos los tres textos mayores de la zona autobiográfica de infancia, su talento, su rebeldía frente al mundo, su agudeza y su sentido de la ironía, brillan aquí en todo su esplendor. Es notable cómo Mansfield enfrenta sin ilusiones la soledad, la miseria, el prejuicio, sin que esa lucidez melle el vigor, la vitalidad luminosa de su escritura. La clave es la delicadeza de su estilo, la ausencia de subrayados, la manera en que arma situaciones y personajes, siempre lejos de los estereotipos, tocados por algo que los hace singulares, irrepetibles.

Inglaterra vivía un momento de crisis del modelo victoriano cuando Mansfield entró en la escena londinense. Los círculos intelectuales ponían en tela de juicio los viejos moldes sociales, crecía el partido laborista, las sufragistas llevaban a Bertrand Russell como candidato a una elección por Wimbledon, H.G. Wells participaba en debates a favor de los derechos femeninos, y Bernard Shaw y Harley Granville-Barker volcaban en el teatro ideas progresistas sobre la situación de las mujeres y la familia tradicional. La sociedad que Katherine Mansfield encontró al llegar de Nueva Zelanda (un país donde las mujeres votaban desde 1893), estaba pronta, dice Claire Tomalin "para dar la bienvenida a una joven mujer que no temía nada y estaba dispuesta a ser pionera de cambios sociales, para convertirse, en realidad, en su encarnación heroica". Ese ambiente de época puede explicar la temprana conciencia que tiene Mansfield sobre la situación de las mujeres, pero no la hizo caer jamás en el panfleto ni en la simplificación. La maestría para construir personajes vivos, su condición de artista genuina en el sentido más puro de la expresión, la salvaguardaron de cualquier esquematismo "ideológico".

Las relaciones matrimoniales ocupan el foco de algunos de estos cuentos. "Frau Brechenmacher asiste a una boda", ambientado en un pueblo rural alemán, destaca por la ironía y el pincel chejoviano con que K.M. pinta una boda popular, sobre cuyo fondo se recorta la situación conyugal del cartero y su mujer, signada por una vida rutinaria y estólida, humillante pero aceptada resignadamente por la Frau, que a duras penas puede imaginar otro destino posible (salvo en el destello de segundo en que "contempló a las parejas girando y girando; olvidó a sus cinco criaturas y a su marido y se sintió como si fuese de nuevo una jovencita"). En "Felicidad", un cuento que recuerda la mirada de Virginia Woolf, una muchacha joven felizmente casada con un hombre exitoso recibe amigos cultos y elegantes a cenar. Disfruta de la preparación de la velada con una aguda conciencia de su felicidad -de su perfecto acuerdo con el mundo- hasta que algo quiebra ese estado de gracia y Mansfield cierra la historia en el momento justo, sin comentarios que hubieran estropeado el efecto de ese derrumbe sorpresivo.

Algo parecido sucede en "Luna de miel", donde la voz cascada de un viejo cantaor flamenco abre una conciencia sombría en medio de la felicidad de una pareja recién casada en viaje por España. Esa distancia entre la realidad y la aspiración de felicidad, entre el deseo sin límites y el abismo que abre la conciencia del dolor y de la muerte, es uno de los ejes sobre los que gira toda la obra de Katherine Mansfield. En "Su primer baile" una jovencita se deslumbra con la belleza del salón, los trajes, la música, y es "despertada" de su sueño por las palabras cínicas de un hombre maduro que le revela, como en un célebre poema de Ronsard, que la belleza y la juventud se acaban rápido.

"La lección de canto" es un prodigio de tensión y de soterrado humor. Miss Meadows, profesora de canto, acaba de recibir una carta en la que su prometido le comunica que no puede casarse con ella. Su desesperado estado de ánimo se refleja en la manera en cómo da la clase, en el modo cruel en que trata a las niñas del coro y las fuerza a cantar una canción lúgubre y deprimente.

La habilidad de K.M. para la sátira y la caricatura preside el monólogo snob del escritor de "Je ne parle pas francais" y la historia del insoportable pavorreal que es el cantante lírico de "El día de Mr. Reginald Peacock". Imposible no recordar, leyéndola, que Bowden, el marido efímero de Mansfield, fue también un cantante lírico. En esas ocasiones (tanto en el escritor de "Je ne parle…" como en la charla del grupo de "Felicidad") se luce su conocimiento del lenguaje de los ambientes artísticos e intelectuales londinenses, de cierta forma de humor frívolo que Katherine podía disfrutar sin perder la perspectiva crítica, como lo demuestran en su Diario, las reticencias que tuvo frente el grupo de Bloomsbury y el entorno de Virginia Woolf.

LOS OLVIDADOS. Aunque hija de un banquero, Katherine conoció la pobreza de las casas de pensión en sus primeros años de Londres, y sobre todo, conoció la soledad en los largos períodos en que Murry residió en Inglaterra y ella, aislada por la enfermedad, languidecía en habitaciones precarias en pueblitos de Italia, Francia o Suiza.

En las antípodas de la perspectiva satírica de los cuentos con intelectuales, están las historias de pobreza, marginación y soledad que pueblan su obra. Un ejemplo es el de "Miss Brill", esa solterona cuyo mayor disfrute es ir al parque los domingos a escuchar a la banda de música, y mirar el espectáculo de la vida, sintiéndose tímidamente partícipe de una felicidad que no le pertenece. Tal vez a esa historia le sobre -cosa rara en una escritora tan dueña de su oficio- la última frase. Pero es inolvidable el personaje, su deseo de vivir y su compostura tan perfectamente condensada en esa estola de zorro un poco apolillada que guarda prolijamente en una caja y solo saca para el paseo del domingo. El arte de Mansfield, de una notable visualidad, se afirma en esa clase de detalles, ese zorro con la nariz despegada, las manos ásperas de la Frau en el baile, las medias blancas de un personaje en "Felicidad", y tantos otros.

En "Películas", la señorita Ada Moss, actriz de segunda categoría, enfrenta a la dueña de la pensión que quiere cobrar la renta de su cuartucho y sale a la frustrante búsqueda de trabajo de todos los días, para terminar vendiéndose a sí misma.

Tan sola como Miss Brill o como Miss Moss, pero mucho más joven es la protagonista de "El cansancio de Rosabel", una vendedora de tienda que vuelve a su mísera buhardilla después de una jornada agotadora y sueña con una vida romántica y glamorosa. Pero la historia más patética y tal vez más famosa es "La vida de Mamá Parker", sobre una vieja empleada doméstica que acaba de perder a su adorado nieto, un niño de pocos años. El cuento merecería integrar la Antología del cuento triste de Augusto Monterroso, junto a "Un alma de Dios" de Flaubert. Según testigos citados por Antony Alpers, durante su infancia Katherine había sentido el rechazo de su madre que siempre prefirió a una de sus hermanas y se había refugiado en las viejas sirvientas que la trataban con cariño. Aunque creció en un ambiente social donde la división entre empleadas domésticas y señores era tajante, una de sus formas de rebeldía fue una identificación con esas mujeres que no tenían nada más que sus manos para trabajar.

En buena medida autobiográfico es el cuento que da título al volumen, "Un viaje imprudente", basado en un viaje real que hizo Katherine al frente de guerra a ver a Francis Carco con quien tuvo una aventura amorosa, según cuenta en su Diario. El ambiente de una población llena de soldados que quieren divertirse porque en cualquier momento pueden ser llamados a morir, está pintado con vivacidad y espíritu de aventura.

Nueva Zelanda. Otra zona de la antología está directamente vinculada con el mundo de infancia. "Vestidos nuevos" se centra en una niña inteligente y rebelde, poco querida por su madre y amparada por una abuela, probablemente modelada sobre la abuela Dyer, que vivió con los Beauchamp y fue la protectora de Katherine en su infancia. "Seis peniques" toca también, de una manera melancólica, las distancias entre el mundo infantil y la torpeza de los adultos. Con una formulación originalísima el mismo tema vuelve en "Cómo raptaron a Pearl Button" donde enfrenta el mundo cultural de los mahoríes (la población nativa de Nueva Zelanda, fuertemente discriminada por los blancos anglosajones) y la rigidez llena de prejuicios racistas de la educación europea. En otro tono, "Clavel" recrea un episodio de su vida escolar adolescente. Retrata el despertar de la sensualidad, el ensueño de una muchacha una tarde de calor en clase de francés, mientras escucha el sonido de los hombres que en el patio contiguo bañan a los caballos.

El mundo neozelandés vuelve a aparecer en los dos relatos más sombríos del libro. En "Ole Underwood", un viento desbocado sirve de fondo a la historia del protagonista, un ex presidiario envuelto en la locura y la culpa, mientras que "La mujer del almacén" se despega del resto del libro por la dureza y sequedad con que cuenta un episodio sórdido y terrible. El cuento, ambientado en regiones inhóspitas de Nueva Zelanda, se centra en una camarera que fue joven y atractiva y terminó, luego de casarse, hundida en un rancho ruinoso y solitario con una hija extraña, embrutecida por la soledad y el abandono. La manera de contarlo, fuerte y sin concesiones a lo sentimental o a la piedad, prefigura los mejores relatos de Faulkner.

Es notable la variedad de registros y el instinto certero con que Katherine Mansfield creó su mundo narrativo, su "oído" para escuchar lo que "dice" cada situación y extraer de allí, por dura que sea, una extraña belleza. "Fue la primera -escribió Juan Gelman- que registró la tristeza irresuelta que yace bajo los entumecimientos de la vida diaria y lo hizo con más fuerza y concreción que contemporáneos suyos como E.M. Forster y aun James Joyce". Ha de ser por eso que, aunque el mundo de sus personajes ha desaparecido, ella sigue siendo nuestra contemporánea.

UN VIAJE IMPRUDENTE, de Katherine Mansfield. Losada, Buenos Aires, 2005. Distribuido en Uruguay en 2007 por Océano. 216 págs.

Fuentes:

Anthony Alpers. The Life Of Katherine Mansfield, Oxford University Press, Londres, 1982.

Jeffrey Meyers. Katherine Mansfield: A Biography, Hamish Hamilton, Londres, 1978

Claire Tomalin. Katherine Mansfield. Una vida secreta. Circe, Barcelona, 1990.

Ombú



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