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CULTURA
"Debe enseñarse historia reciente"
José Pedro Barrán prepara un libro sobre los cambios en la moral uruguaya y, entre otras cosas, opina que en la investigación social, "la verdad no existe".

GABRIELA VAZ

Miles de uruguayos conocen la historia del país únicamente a través de sus ojos. Aunque él aconseja diversificar. "Un alumno tiene que leer todo para después formarse su propia idea", explica. Es que "la verdad", en términos de investigación científica social, "no existe", indica después. Y en ese terreno, algo debe saber. Desde que se recibió de profesor de Historia, hace 50 años, ha dedicado su vida al estudio del pasado. Cuando se le pregunta por los motivos de esa pasión, se queda pensando y responde: "Ahora, con más experiencia y lecturas, entiendo la posición que investigadores y psicoanalistas han puesto de relieve: toda investigación de la historia, es una investigación del propio pasado. A menudo se conjuga con un deseo personal de comprender otros momentos, que son también otras formas de ser". Esa búsqueda lo ha llevado a rozar la treintena de libros publicados -entre los tomos de su autoría y los co-escritos con Benjamín Nahum-, imposibles de eludir cuando se trata de estudiar la historia uruguaya.

Muy alto, delgado, de nariz prominente, una voz que revela sus 74 años y extrema amabilidad, José Pedro Barrán se dispone a hablar en el living de su casa de lo que más sabe. "Temas de actualidad no. Soy sólo un historiador", pide cuando se concreta la entrevista. Y aunque después sentará opinión una vez más sobre el debate en torno a enseñar o no historia reciente y la (im)posibilidad de ser objetivo, se cuida de no mencionar nombres, ni dar ejemplos concretos. "Es que sale en el diario y...", dice mientras mira el grabador. ¿Se complica? "Sí".

Actualmente, el incansable fray-bentino está trabajando en un nuevo libro sobre un tema que siempre ha llamado su atención: la secularización de la cultura. Y cómo es allí donde puede hallarse, quizá, el origen de la moral contemporánea.

MORALISTAS. Una de las características de Barrán ha sido fijar la mirada también en la vida cotidiana del hombre común, que hace a la historia del país tanto como los próceres, las guerras y los procesos políticos. Así llegó a la pregunta que derivaría en su última investigación: ¿Cuándo comenzó a vislumbrarse la fractura en la moral cristiana católica, más o menos dominante en el siglo XIX, y empezó a sustituirla por la moral actual?

La respuesta aparece en el proceso de secularización. "La esencia de la sociedad uruguaya es su laicidad. No quiere decir anticlericalismo, pero sí una sociedad donde la influencia del catolicismo siempre fue menor respecto a los países vecinos. ¿Cómo Uruguay se convirtió en el primer país verdaderamente laico? El punto de quiebre está en el proceso que comenzó a mediados del siglo XIX y terminó por 1930 con la secularización de la moral". Y ése es un plano poco explorado.

Tal como afirma el historiador, siempre que se habla de secularización, se apunta a lo "obvio": los cementerios, el matrimonio, la enseñanza pública, la separación de la Iglesia y el Estado. Pero también las actitudes de las personas fueron afectadas por esa razón. En la supresión de la moral católica aparece la matriz del comportamiento actual, asegura Barrán. "Hoy en día, las conductas de los uruguayos son cada vez más seculares. Hasta el punto que se habla de legalizar el aborto, o se han legalizado las uniones homosexuales. El movimiento gay sale a la calle, se expone, porque lo otro es hipocresía, y lo que se es, se es. La moral puritana sostenía exactamente lo opuesto: lo que se es debe ser modificado por la ética. Hoy no es así. Los jóvenes tienen relaciones antes de casarse. En el siglo XIX, que la sociedad admitiera eso es inimaginable. No que no pasara. Lo que interesa son las concesiones sociales sobre lo que debe pasar".

Uruguay fue pionero en adoptar esa nueva moral. De hecho, Barrán recuerda que la Ley de Divorcio tiene 100 años desde su aprobación y fue el segundo país de América Latina que la tuvo, luego de Venezuela. "Eso significó una ruptura y el comienzo de una moral con otros principios. La ley fue muy refutada no sólo porque permitió el divorcio, sino también que un adúltero pudiera luego casarse con su `cómplice`. Así lo llamaba (al amante) el Código Civil: co-delincuente. Eso no lo permitía la ley venezolana".

Al tiempo que aclara que él sólo investiga y no realiza una valoración al respecto, dice: "Tengo mi punto de vista. Yo no soy católico, así que no ando bregando por el mantenimiento de la moral puritana". Pero después, opina: "Esta evolución no conduce al bien, a una cúspide... No es seguro que uno esté avanzando".

ANTEOJERAS. ¿Importa la opinión del historiador cuando éste investiga el pasado? No debería. Pero sería ingenuo creer que se puede lograr un producto completamente impoluto. La visión que éste tenga del mundo se inmiscuirá en cada parte de su tarea.

Para comenzar una investigación lo primero que se hace es plantear una interrogante, formulada, claro está, desde el presente, por lo que éste siempre va a influir, asegura Barrán. "No es necesario decir la visión que se tiene del pasado. Se ve en qué aspectos te interesan, qué preguntas realices. Sólo la ciencia dura puede ser totalmente objetiva".

Sin embargo, ese no es un impedimento para escribir la historia. Saberlo, por el contrario, es "una garantía", asegura el ex vicepresidente del Codicen.

Y como muestra, recurre al debate más fresco: el de enseñar o no la historia reciente (abreviación para: guerrilla-dictadura-vuelta de la democracia). "Naturalmente que es muy difícil hacerlo, porque probablemente las anteojeras ideológicas van a interpretar el pasado de acuerdo a ellas. Eso no se puede negar. Lo sabemos todos: profesores, alumnos, historiadores, autoridades, políticos, periodistas. Todos lo decimos. Eso es una garantía: saber de antemano que no podés caer en esa trampa. Para una persona maliciosa, puede ser su oportunidad de hacer propaganda. Pero en ese caso, los alumnos lo "pispan" enseguida. Nada más perspicaz que un estudiante frente a un profesor signado ideológicamente: lo huele, le desconfía, lo inquiere. Es más: no le cree", asegura el otrora docente universitario. "En la interpretación de la historia reciente hay posiciones de toda índole. Se puede sostener A como Z, y más o menos hay elementos para una cosa u otra. Eso es lo interesante. Sólo hay que darle todo al alumno, y que él se forme su propia idea. Pero tiene que enseñarse, tiene que saber en qué contexto crecieron sus padres, y él mismo, ¡por favor! La historia reciente se enseña en todos los países del mundo. En Alemania se da la unificación; en Francia, los gobiernos de Mitterrand".

Esperar a llegar a un consenso en cuanto a cómo sucedieron los hechos es entonces casi una entelequia, porque la historia siempre está en debate, aún la que data de siglos. Hoy todavía se discuten episodios de la Revolución Francesa, los procesos del nazismo o del comunismo, alega Barrán. "Los debates son permanentes. Es lo que más enriquece, y lo que obliga al historiador a ser minucioso, exhaustivo, a no contentarse con el documento, a saber que tiene que revisar lo mejor posible". La tarea del historiador, más que mostrar los hechos, es hacer pensar. "Los científicos tenemos que mostrar las cosas de la forma más objetiva posible para que los sujetos se formen su opinión. Pero esto ya es una opinión: decir que es más importante que los demás se formen su propio juicio antes que dar un mensaje. Creo en eso. Lo formo para que él piense".

¿Y la verdad? Parece que es tan escurridiza como dinámica. "La historia se construye con acopio de muchas fuentes y datos, pero nunca está del todo construida. Se elaboran hipótesis, algunas más o menos verosímiles, pero en definitiva, la verdad, en el campo de la investigación científica (social), no existe".

Barrán asegura haber llegado a discrepar varias veces consigo mismo, teniendo ganas de cambiar cosas escritas por él hace 20 años. "Hay afirmaciones que hice, que hoy sería más cuidadoso en hacerlas. Cuando uno es joven, tiende a ser intempestivo. De viejo, dudo un poco más. Que quizá también es un error".

El pasado y el factor sorpresa

Para Barrán, las sorpresas y curiosidades son lo que vuelve más interesante la investigación histórica. ¿Un ejemplo? Al repasar las relaciones Artigas-Buenos Aires, se ve que los orientales exigían que se restableciera su honor personal antes que negociar sobre la confederación. "Siempre me llamó la atención. Hoy lo entiendo: para ellos, reivindicar el honor de Artigas era reivindicar la revolución. Hoy a nadie se le ocurriría que un partido político pierda sentido porque uno de sus integrantes pierda su honor. Si fuera así, no quedaría títere con cabeza en Uruguay. Nadie va a juzgar a toda una agrupación por una persona. La opinión pública es más avezada que eso".



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