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Mil millones a la (buena) mesa

EL PAÍS DE MADRID / ANA CARBAJOSA

Mientras la subida de precios de los alimentos se cobra vidas humanas, gobiernos y modelos de subsistencia, los expertos se apresuran a culpar a unos y otros de esta escalada sin fin: el petróleo, los biocombustibles, el aumento de la población, el modelo de agricultura... Más inadvertido ha pasado el impacto de la suma de decisiones individuales que a diario toman los pobladores del planeta. Los hábitos alimenticios cambian y eso se lleva por delante economías enteras.

Los chinos y los indios empiezan a beber leche y comer carne de vaca. En España, como en el resto de Europa o de Estados Unidos, cada vez se come más pechugas de pollo y menos patas o alitas. La pechuga tiene menos grasa y eso gusta a las sociedades más preocupadas por combatir la obesidad o los infartos, que en llenar el estómago.

Hace no tantos años, decisiones domésticas como éstas -con qué llenar la nevera- apenas tenían impacto más allá de las fronteras. Hoy, la correa de transmisión de la globalización hace que el impacto de la suma de decisiones individuales se sienta con fuerza en la otra punta del planeta. Si el país es China o las preferencias culinarias se extienden en un continente entero como el europeo, las consecuencias pueden llegar a ser devastadoras como ha sucedido con la actual subida del precio de los alimentos.

El aumento de la riqueza es el principal motor de los grandes cambios en los hábitos alimenticios. Pero no el único. En el caso chino, viene de la mano de la apertura al resto del mundo y a la emulación de los usos occidentales. Tal es así que los chinos han reducido su consumo de cereales y han aumentado el de carne y el de leche, pasando de consumir 9,5 litros por persona y año en 1997, a casi 32 litros per capita en 2007, según la FAO. Esos incrementos han contribuido a que el precio de la leche se haya multiplicado por cinco en un lustro. En la India también se han producido cambios similares, aunque algo menos acentuados, debido al vegetarianismo. Eso se refleja en las estadísticas: pasaron de consumir 73 litros de leche per capita en 1997 a 91 en la actualidad.

Eso ha obligado incluso a que la Unión Europea, el mayor exportador e importador de alimentos del mundo, a dar un golpe de timón en su política agraria y aumentar las cuotas de producción láctea. "Está claro que vamos a necesitar mucha más leche para dar respuesta al crecimiento de la demanda en las economías emergentes", explica Michael Mann, portavoz comunitario de Agricultura.

En Europa, los grandes cambios en los hábitos se produjeron después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el continente comenzó a levantar cabeza.

La dieta empezó enseguida a poblarse de productos de animales y poco a poco ha ido haciéndose más sofisticada y selectiva hasta rechazar las partes de animales que hasta hace bien poco se comían con gusto. La obesidad y las enfermedades cardiovasculares han contribuido a que más allá de las modas, los europeos se decanten por las partes menos grasas de los animales. Esos gustos de las sociedades enriquecidas tienen consecuencias nefastas a miles de kilómetros de los hogares europeos. En África, la importación de cientos de miles de toneladas cada año de patas y alitas de pollo congeladas procedentes de Europa, Estados Unidos y Brasil ha acabado con la producción local en forma de dumping. Mientras que en Europa las alitas o las patas perdieron mucha categoría social, en África no le hacen ascos a las extremidades, sabrosas y repletas de proteínas. El problema es que los productores africanos no pueden competir con los precios anoréxicos de las exportaciones europeas.

Las estadísticas de la ONU muestran cómo los países africanos han dejado de exportar productos agrícolas a la vez que las importaciones se disparan. Desde mediados de los años ochenta, los países en desarrollo exportaban más alimentos de los que importaban. Desde entonces -sin contar a Brasil-, la balanza se ha invertido y acumulan un déficit comercial de decenas de miles de millones de dólares. Tras años de pérdida de capacidad productiva, muchos países africanos son hoy incapaces de hacer frente por sus propios medios, sujetos a los violentos vaivenes de los precios internacionales de los alimentos.



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