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Nombres que pesan de por vida
Sí, me llamo Pasionaria
Azambuya Rau Osvaldo José Gervasio Juan Antonio Leandro Timoteo Aparicio Saravia Luis Alberto Wenceslao Simón Víctor Hugo se llama una sola persona.

CATERINA NOTARGIOVANNI

Con el apellido Leche, sus padres decidieron llamarlo Tomás. Otros, eligen Peñarol, Nacional, Tabaré, o el nombre del galán de moda. Una persona se llama Gansos Rosados por el grupo Gun`s & Roses. Una madre eligió el nombre de su primogénito fallecido para su segundo hijo. "Puede ser una mochila con muchos adoquines," aseguran los expertos.

Qué otra cosa podía ser con este nombre que no fuera meteorólogo? se pregunta Nubel Cisneros repitiendo una broma habitual entre sus conocidos. Lo dice como si fuera posible que un conjunto de letras sean capaces de condicionar la profesión y el futuro de una persona.

Bromas aparte, lo cierto es que la denominación elegida por los progenitores tiene fuerte incidencia en la identidad, llegando incluso a influir en la conformación de la misma.

Llevar un nombre atípico le aporta a sus portadores la sensación de ser únicos, exclusivos y difíciles de olvidar (tal vez por eso se inventó el concepto de nombre artístico, como si llamarse José, Alberto o María no fuera lo más apropiado para alcanzar la fama e inmortalidad).

Los nombres escritos en su diminutivo (como Laurita, Juanita, Teresita) congelan en el tiempo a las personas y empiezan a rechinar después de los 10 años de vida.

Inscribir a un hijo con el nombre Brian, cuando el apellido es Gómez, indica casi invariablemente la pertenencia a una clase social, así como los María y sus múltiples combinaciones connotan todo lo contrario.

Por un motivo o por el otro, el nombre propio es todo menos un detalle menor en la personalidad, razón por la cual los futuros padres deberían pensar dos veces antes de decidir con qué palabra denominarán (y/o crucificarán) a sus hijos.

NOMBRES DE PLOMO. "El peso que tiene en la identidad es muy fuerte y puede llegar ser una mochila con muchos adoquines", explica Marcel Paris, psicoanalista y docente. Seguramente quienes se llaman igual, por ejemplo, que sus antepasados (padre, abuelo, bisabuelo) saben bien cuánto pesa esa mochila.

La cuestión es que, cuando los padres rotulan, están transmitiendo significaciones y expectativas con las que luego el hijo tendrá que lidiar, le guste o no, por el resto de su vida. ¿Qué pensamiento político se puede esperar de alguien a quien lo llamaron Zelmar, Fidel, Líber o Wilson? Esas personas tienen, en principio, una senda premarcada por la cual deberían transitar si desean no decepcionar a sus progenitores. El nombre no solo forma parte de la identidad individual sino que, muchas veces, incide de modo inconsciente en la estructuración de la misma.

Cuando el psicoanalista argentino Isidoro Berenstein (eminencia en temas de familia y pareja), ana-liza la estructura familiar inconsciente, afirma que el nombre propio "señala aspectos de los deseos y expectativas anticipatorios de los antepasados con respecto a sus descendientes; pone de manifiesto ideales y creencias familiares. El nombre que una familia adjudica a un niño indica las significaciones ligadas a su nacimiento y al lugar para él reservado" (del libro Familia e inconsciente, Paidos, 1996).

Marcel Paris pone un ejemplo que ilustra dicho concepto: "Imaginate alguien a quien lo nombraron al azar y a último momento... eso está indicando que no se dio importancia a ese ser que está por nacer porque no sólo no se preocuparon por el nombre, sino por el individuo, lo que es peor todavía. Eso se arrastra. ¿Cómo? En el tipo de relación que tendrán los adultos con ese niño y el lugar que ocupará en el núcleo familiar".

Enrique Adolfo (50) nació un año después del fallecimiento de su hermano, Enrique Adolfo, quien murió de leucemia con tan solo 15 meses de vida. La decisión de replicar el nombre es sólo la punta del iceberg que habla de un contexto familiar entristecido, de una madre que busca desesperadamente revivir a su primer niño muerto y de miedos adquiridos por dicha experiencia. "Mi madre solía despertarme de madrugada para chequear si estaba respirando. Era muy difícil. Nunca estaba tranquila y me sobre- protegía demasiado", cuenta.

"¿Por qué alguien le pondría el nombre de un hijo muerto a alguien que no nació? Por angustia, frustración y necesidad de que siga vivo de alguna manera. Hay toda una carga emocional de parte de los padres que pobre chiquilín", explica Paris. A los 20 años Enrique se cambió el nombre por el de Felipe. Evidentemente, la mochila le pesaba demasiado.

"A la hora de poner un nombre incide el estado emocional de los padres, del grupo familiar, la clase socioeconómica y el momento sociocultural e histórico. Todo eso está marcando las pautas del nombre que va a tener ese niño", explica Marcel Paris.

Pasionaria Pereira (47) debe su nombre a las convicciones políticas de su padre, comunista acérrimo que quiso recordar -a través de su hija- a Dolores Ibarruri, diputada española del Partido Comunista y tenaz luchadora contra el franquismo, conocida como "La Pasionaria". Pero a ella nunca le gustó su nombre: "Sentía un poco de vergüenza porque a esa edad lo que menos querés es llamar la atención, querés parecerte a todos y llamarte Pasionaria es todo lo contrario", explica. Al cumplir 14 años se encontró con el muchacho que le gustaba y mintió sobre su nombre: "Me llamo Claudia", dijo. Desde entonces, el 95% de las personas le dicen así.

La decisión de cambiar el nombre o de romper con la tradición familiar de llamar a los hijos igual que los antepasados también tiene su costo: "Es complicado porque estoy yendo contra lo que son mis padres. Es más, tal vez también vaya en contra de la imagen que se tiene de uno mismo como individuo, hecho que puede llegar a ser muy conflictivo", explica Paris.

Hay nombres que en si mismos pueden dar pistas sobre la posición social del portador e incluso estigmatizarlo. Jessica, Brian, Jonathan (especialmente cuando van unidos a apellidos en español y están mal escritos) están asociados con las clases bajas. María Pía, Madelón, Agustín, Guillermina o Federica con las más pudientes. "Si te llamás de determinada forma -por más que no me digas nada más que eso (después vendrá el apellido)- entiendo y te ubico. Es más: puedo saber si estamos del mismo lado o estamos de la vereda de enfrente. Con esto intento decir que el ser humano maneja muchos prejuicios, que los nombres propios colaboran en replicar", arguye Paris.

REGÍSTRESE. Los funcionarios de la Dirección General del Registro de Estado Civil son testigos de cómo incide la clase social, la educación, la televisión y el momento histórico en la elección de los nombres.

"Cuando vemos que hay nombres que se repiten, lo primero que nos preguntamos es: ¿qué comedia están dando en la tele?", cuenta Adriana Boggio, inspectora de la repartición. El nombre Lola es el ejemplo actual en este sentido.

Treinta años atrás, a la salida de la dictadura, las actas se llenaron de Mariana (por Zaffaroni, hija de desaparecidos); y en los noventa, cuando cobró fuerza la figura del actual presidente Vázquez, se inscribieron muchos Tabaré. Por entonces también aumentaron los Danilo (por Astori), Líber (por Seregni) y Mariano (por Arana). Muchas de las mujeres de nombre Cesárea fueron inscriptas cuando dicho método de parto se volvió popular, así como aparecieron los Peñarol o Nacional (especialmente en el interior) nacidos en 1987 y 1988, años en los que ambos equipos obtuvieron la Copa Libertadores de América. También Shakira se popularizó en los años dorados de la cantante colombiana y Tatú, por el recordado enano de La Isla de la Fantasía.

"Los hechos que impactan en la sociedad son absorbidos por el Registro", explica la sub-jefa Rosana Ameijeiras.

Agustina, Nahuel, Valentina, Matías, Martina, Ezequiel, Jonathan, Jessica, Dylan, integran el top ten de nombres en la actualidad, ranking elaborado en base a percepciones debido a que el Registro no lleva estadísticas. De un año a esta parte la tendencia indica que cada vez más los padres asignan un solo nombre a sus hijos, contrastando con el pasado cuando eran más frecuente poner dos o tres.

La legislación uruguaya no permite la inscripción de nombres extravagantes, ridículos, inmorales o que no definan con claridad el sexo del recién nacido. En la práctica, los oficiales procuran asesorar a los padres en cuanto a la correcta escritura de los nombres, pero en definitiva son ellos los que tienen la última palabra (a menos, claro, que queden incluidos en las categorías anteriores): "No se les puede poner un revólver en la cabeza a los padres", acota Boggio.

Quienes no puedan soportar el peso de su nombre pueden iniciar el trámite judicial de rectificación de partida (ver nota aparte).

RAREZAS. Ameijeiras, una apasionada de la historia, tiene a su cargo la recopilación de partidas de nacimiento con nombres curiosos que se expone en el Día del Patrimonio.

En la selección de este año estará un Tomás de apellido Leche, Treinta y Tres, Año Nuevo, Selva Uruguaya de León, Blanca Nieve, Lenin Engels Marx, y un compatriota llamado Azambuya Rau Osvaldo Gabriel José Gervasio Juan Antonio Leandro Timoteo Aparicio Saravia Luis Alberto Wenceslao Simón Víctor Hugo.

El caso más curioso que recuerda la inspectora Boggio, fue el de un niño nacido en el Hospital Pereira Rossell al que nombraron Gansos Rosados, en honore a la banda de rock Guns & Roses (Armas & Rosas en español). ¿Será éste un caso de traducción por fonética? En fin...

Nombres extraños y famosos

Panta Astiazarán

FOTÓGRAFO

"Soy Pantaleón. De chico me decían Pantalón, lo que me enojaba mucho. Tanto que aprendí Karate para defenderme. Y funcionó (risas). Luego en Medicina me decían Panta, que sí me gustó por ser más cool".

Nubel Cisneros

METEORÓLOGO

"Me traía problemas, era difícil hacerle entender el nombre a la gente. Hubiese deseado llamarme Jorge o Luis. Hasta que salí del liceo me decían Cisneros. Muchas veces me costaba identificarme".

Roy Berocay

ESCRITOR Y MÚSICO

"De chico me parecía raro no encontrar a alguien que se llamara igual. Al crecer lo sentí como un elemento diferenciador y hasta original en relación con el resto. O sea: nunca me pesó, ni me pareció mal".

Perjuicios íntimos

El artículo 73, numeral 2 de la ley 1.430 (11/2/1879) permite la rectificación de la partida de nacimiento por enmienda a quienes prueben que el nombre les resulta agraviante. Para conseguirlo hay que presentarse ante un juez de familia con los documentos y prueba necesaria. "En una época esto era sumamente cerrado, ahora se abrió un poco más, aunque no es muy común que haya estos procedimientos", explica el ministro del Tribunal de Apelaciones de Familia, Ricardo Pérez Manrique.

El magistrado recuerda un caso en particular que indica hasta qué punto el nombre de pila puede ser una verdadera tortura. Se trata de una señora llamada Ana en reconocimiento de su abuela. Esta señora se presentó en el juzgado pidiendo un cambio de nombre porque éste le significaba una dificultad de permanente relacionamiento con su madre (madre y abuela tenían pésima relación). "Ella alegaba que su madre la rechazaba por tener el mismo nombre que la abuela", explica Pérez Manrique. La justicia falló a su favor y le permitió agregar una letra, de modo que pasó a ser Anan. "Se accedió porque la situación era insostenible, ella asimilaba todo al tener ese nombre. Estaba acreditado clínicamente que ese era un problema en la relación entre ambas", agrega.

Otro caso fue el de una hija adoptiva que solicitó agregar Sandra como segundo nombre debido a que tradicionalmente sus padres adoptivos la habían distinguido así y no como estaba anotada en la partida. La decisión fue dar lugar a su pedido agregando el nombre que la identificaba.

Menos suerte tuvo una mujer cuyo nombre estaba escrito de manera casi ilegible y ciertamente impronunciable. Ella alegaba que eso le causaba perjuicios, pero el juez no lo entendió así: "Se entendió que era un nombre que podía causarle dificultades para pronunciarlo pero no en la vida en relación", señala Pérez Manrique.

Judíos: el nombre es la esencia

En el judaísmo, el nombre representa la energía vital de la persona y eso es así porque en hebreo (considerado lengua sagrada) cada palabra tiene un vínculo intrínseco con lo que denomina.

"Cada letra hebrea representa una energía divina determinada y cada palabra es un conjunto de energías. Por eso cada nombre está vinculado con su energía vital", explica Eliezer Shemtov, rabino y director general de Beit Jabad Uruguay (Eliezer significa "Dios es mi ayuda" y Shemtov "Buen nombre").

"Por eso", agrega, "hay una costumbre de que cuando una persona se enferma se pide evocando su nombre. Y cuando alguien está muy enfermo se le cambia el nombre, como para de alguna forma influir sobre su energía vital", señala. A veces se le agrega uno extra que cambiaría el conjunto de sus nombres.

"Se entiende que el nombre no es algo arbitrario, sino que está conectado con la propia esencia de la persona", cuenta el rabino.

En la tradición ashkenazí (judíos de origen europeo) no se permite adjudicar nombres de familiares vivos a los que están por nacer.



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