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Estos tibetanos revoltosos no quieren fabricar juguetes envenenados y comida para perros contaminada, y adminículos que se desarman con sólo mirarlos, por un sueldo miserable y así permitir que una elite de chinos elegidos pueda, finalmente, volverse millonaria.
Son unos ingratos estos tibetanos.
Estos incomprensibles tibetanos no aceptan las maravillas de la nueva economía China, donde cientos de millones trabajan como hormigas, sin sindicatos que los defiendan ni garantías de ningún tipo, 10 ó 12 horas por día, en situaciones muchas veces insalubres.
En vez de las largas jornadas de trabajo sin descanso semanal, y de los altos índices de contaminación, estos tibetanos quieren volver a ser una teocracia.
Ahora demos vuelta la tortilla.
Una Sra. Tibetana el otro día declaraba para la tele que ella no sabía muy bien lo que decía el Dalai Lama, pero que si lo decía él estaba bien y era la mejor solución, porque el Dalai Lama es el Dios encarnado.
Los que llevan la iniciativa de la revuelta son los monjes y el jefe de los monjes es, justamente, este Dalai Lama, el Dios en carne y hueso.
Así que la alternativa es dictadura comunista y capitalista de estado bajo China. O teocracia bajo el Dalai Lama.
Mucha gente, especialmente en Estados Unidos y Europa, dice OHHHH, EL DALAAAI LAAAMA, como si fuera una mezcla de Cristo y Gandhi.
Pagan fortunas para ir a verlo hablar. Vino aquí a Chicago. Por suerte pude colarme. Si hubiera pagado para ir a escucharlo decir esas cosas a lo Khalil Gibran y a lo Paulo Coelho, me tiro al Lago Michigan.
El Dalai Lama es un Sr. inteligentón, y que se especializa en hablar sentenciosamente y sin decir nada, mezcla de Cantinflas con el personaje de Kung-Fu. Cosa de que todo el mundo se quede meditando qué quiso decir.
Su estilo verbal es un poco como el de Obdulio Varela, esa cosa enigmática, y que el oyente puede interpretar a su manera y sentir que ha captado un mensaje trascendente y casi privado.
Y en medio de todo esto, las Olimpíadas.
Eso de que las Olimpíadas y la política no tienen nada que ver es una extraña patraña.
En realidad, las modernas Olimpíadas han estado salpicadas, teñidas de política, represión y terrorismo.
Veamos algunos ejemplos.
Las Olimpíadas de Berlín, organizadas por los nazis para demostrar su superioridad (y les salió el tiro por la culata).
Las Olimpíadas de México, precedidas por la Masacre de Tlatelolco, donde el Presidente de la época mandó tirar contra una concentración pacífica con un resultado de al menos 400 muertos. Y no se suspendieron.
Las Olimpíadas de Munich, donde terroristas árabes asesinaron a sangre fría a deportistas israelíes.
Las Olimpíadas de Moscú, boicoteadas por Estados Unidos y sus aliados por motivos políticos.
Las Olimpíadas de Los Ángeles 1948, donde miles de negros de la ciudad fueron metidos preventiva e ilegalmente en la cárcel.
Las Olimpíadas de Atlanta 1996, donde miles de homeless, o sea personas sin techo, hombres, mujeres y niños, fueron mantenidos en campos de concentración.
Bush, que invadió y ocupa ilegalmente Irak, con muertos y atrocidades, tiene el rostro de decirle a los chinos que no le pueden dar palo a los manifestantes del Tibet, un país que China tiene sometido desde 1950.
Los franceses, que juegan un triste papel en Chad y que tuvieron mucho que ver en el genocidio de Ruanda, también le quieren dar lecciones a los chinos.
Es como el hambre y las ganas de comer. Y a los chinos, PLIN!, como decía Freda.
La gente de distintos países, con toda justicia, puede tratar de interceptar la antorcha Olímpica.
Pero hay demasiados intereses políticos y económicos en juego, incluyendo los de Adidas, Nike y todos los otros.
La farsa debe continuar.